Diario de León | Martes, 19 de septiembre de 2017

TRIBUNA

¡Hola, Chencho!

Enrique López González, catedrático de Economía Financiera de la Universidad de León Enrique López González, catedrático de Economía Financiera de la Universidad de León 10/12/2010

E s extraño. Todavía sigo abriendo el Diario de León por la quinta. Un tic aprendido durante años por buscar lo mollar del momento en tus «balcones». El sinécdoque de la prensa doméstica. Mercurio, periscopio y faro. En ocasiones, de toma pan y moja. Primero, desde el 7 de mayo de 1987 hasta principios de este siglo, en la tercera, y luego, hasta el 23 de marzo de 2008, encabezando esa quinta página del periódico donde nos regalabas tu columna, nada relamida, como expresión de la belleza por medio de la palabra. Un Stradivarius para elevarse del ruido de la calle. Haciendo del periodismo un género literario.

Oportuno regalo, pues, para el deleite navideño, la lectura de la recensión de tus «Balcones del pueblo. Antología 1973-2008», gracias al esfuerzo honesto y desinteresado de Ángel-Santiago Ramos y Eduardo Aguirre y de la edición de Printed2000 , lo que viene a ser una tradición familiar, desde los tiempos de Linotipias Electron con la publicación de tu libro «Mirando a León sin ira». La presentación oficial acontecerá este viernes día 10, a partir de las siete de la tarde, en el Hostal San Marcos.

En medio de la diáspora de la semana de pasión del 2008, sin aviso previo, confiaste tu hidalga figura al recuerdo, quizás, es un suponer, entreviendo que la memoria separaría, como acostumbra, la cáscara del fruto, habilitándote un lugar de honor entre los maestros del género periodístico más fino. Chencho es ahora un nombre-frontera, considerado como gozne del nuevo espíritu digital y epígono del antiguo periodismo de plomo. No dejaste heredero. En el hondón de mi memoria, con tu humor libre e insobornable, brillante e incómodo, astuto, culto y culé, a pesar de la humilde bohemia con que vestías tu protático periodismo literario, brioso, irónico, algo canalla, inesperado, con rigor pero sin escatimar el quiebro imaginativo, esa gota de poema que amasa la gran prosa, radical y doliente observador de la sociedad leonesa, cada vez más tiendo a recordarte como un Max Estrella valleinclaniano. Pero siempre figurarás en nuestros libros docentes como Barón de La Cabrera (www.diariodeleon.es/noticias/noticia.asp?pkid=378082).

No dejé nunca de aprender de ti. Con cazurra tenacidad me recordabas la necesidad de detentar dos ideales prístinos: Ser rápido e ir por el buen camino.

Ser rápido, siempre en tensión, aprovechar el momento. Apresurado en dejar constancia de una denuncia o confidencia. «Los hechos son sagrados, las opiniones libres». Empleando como soporte testimonial lo mas próximo, fuera el envuelto del paquete de tabaco, una servilleta o el mismo papel higiénico más cercano. Desde la atalaya de tu elegante balcón te afanabas por ser el primero en unir los cabos. Sabías mirar y después poner negro sobre blanco, en palabras siempre lucidas e imaginativas, aquello que en los ojos te hizo nido. No como un paspán chambón. ¡Quiá!. Todo lo contrario, oficiabas de alguien «de quien te fías, al que identificas y que sabes de qué está hablando». No sólo exhibiendo las cosas deleznables que ocurren detrás de puertas cerradas -"algo que alguien en algún lugar no quiere que se sepa-", sino también propiciando que la gente utilizase su maldito cerebro. Mentando sin reparos, en no pocas ocasiones, lo tabú. Facilitando la pieza faltante del puzle, el matiz que mitiga tanto abanto, los hilos de Ariadna del frío laberinto de la calle, pero sin el mínimo reparo en poner en solfa los prejuicios y la sabiduría convencional. Proporcionado así un enorme valor social, que discretamente reconfortaba tu orgullo, más que el bolsillo.

Pero, con todo, eso no bastaba, además de ser raudo, luchabas con denuedo por no envilecerte y seguir el camino adecuado. Con la dignidad como estandarte, rehuías del disimulo. Obviando canonjías. Nadie te conoció arrodillado. Ni nadie pudo encerrarte en el corral de los mansos. Si algo odiabas era la estulticia, tanto como los pesebres con sus edecanes de alquiler. Curiosón como pocos, todo te interesaba. Con esa mezcla propia de erudición, pasión y sentido de la ironía, a partes iguales. Siempre dispuesto a hacer preguntas incomodas e inesperadas. Agudo y certero en tus dardos. De los que no dejan indiferente a nadie. Lejos de una apacible sumisión o atonía.

Una rara avis atravesada diagonalmente en un mundo aparcado en horizontal, lo que nunca te supuso un obstáculo para el cultivo con ahínco de la amistad: todos en la Peña La Concordia saben que siempre nos escuchabas sin prisa ni odómetro.

No dejé nunca de aprender de ti. Como botón de muestra valgan dos anécdotas reveladoras. Cuando, dada mi predilección por los números, me propusiste calcular cuántos kilómetros cubrirían tus escritos colocados todos en una ristra, una única línea del cuerpo 11. Elevaste la mirada en el techo de La Hornera, como extrayendo una ecuación del caladero del hipotálamo, y casi al instante, con esa sonrisa picarona tan característica, zanjaste la cuestión: ocuparían la tira.

También, cuando, en aquella ocasión, uno de los «poderosos», damnificado con la transparencia de tu prosapia informativa, te solicito comer para hablar personalmente. Se presentó en el Fornos este tipo con el pelo engrisado, un abrigo de cashmere color camel y un gran maletín de cuero marroquinado. Varios comensales de distintas mesas se volvieron reconociéndole. Antes de ponerse en la mesa, dejo el abrigo y el maletín en el perchero cercano y se disculpo para ir a los aseos. Momento en que tú cogiste el maletín y lo sacudiste. Estaba vacío. Era su escudo, una herramienta de defensa. Era un tipo normal. Desde tu crítico balcón certificabas cómo el periodismo ofrecía una idea de lo normal y vacío que puede ser el poder.

Somos legión los que opinamos que, con los cuarterones cerrados de tus balcones, sin tus geranios, las torres gemelas que apilastran la oclocracia doméstica, lo han tenido más fácil para cebarse en los dispendios, propios y de acólitos. Estos fendetestas, jarrapellejos y prosaicos próceres, si acaso, empañados los cristales de tus balcones con el vaho de la ausencia, ensordinan su tufo bajo las alfombras de la res pública. ¡No se sabe cómo -"pareciendo tan lilas y colza de gañanes-", pero si lanzamos una moneda al aire, si sale cara ganan y con cruz perdemos!