Diario de León | Sábado, 27 de mayo de 2017

RÍO ARRIBA

Fin de curso

MIGUEL PAZ CABANAS MIGUEL PAZ CABANAS 22/06/2011

A jenos al horror económico, el festín financiero de unos pocos y lo que parece ser el fin de la democracia griega, los niños están a punto de convertirse en la única reserva espiritual de Occidente. Enfrascados en sus últimos días lectivos, recuerdan a esas naves solitarias que se envían para explorar el universo, mientras atraviesan toneladas de basura y mandanga espacial. Los ves correr por los patios a una velocidad contagiosa, con un asombro de manos blandas, la boca abierta como una fruta recién caída del árbol. Los más pequeños, esos que todavía no tienen espolones bajo los zapatos, todavía nos permiten evocar un mundo de proezas. Si encima han conseguido sortear a unos padres consumistas y permisivos, entonces alcanzan la categoría de héroes. Ellos, desde luego, son más que nunca la alternativa al caos. Su inocencia y su curiosidad (su hambre de saber) son casi, en estos tiempos que corren, una anomalía biológica. Si tienen la suerte de caer en manos de una buena maestra (algo de lo que, afortunadamente, podemos presumir en León), pueden, incluso, llegar a ser una esperanza revolucionaria. Porque lo que nos hace revolucionarios hoy es la cultura y el conocimiento, la crítica y la belleza de la razón. Quién lo iba a pensar en esta Europa que vio nacer a los ilustrados. Tanta codicia y estupidez ensombreciendo siglos de luz. Como un enjambre de ideas luminosas los niños corren por los patios de los colegios y dejan un soplo de irreverencia en el aire. Alguien debería soltarlos por las agencias de calificación, las moquetas de los bancos, los rincones polvorientos de los consistorios. A estos niños ya no les quedan ni los cuentos de los hermanos Grimm, llenos de sombras y claros, pero siempre con un final feliz. Las historias que asoman a la vuelta de la esquina, en este fin de curso, tienen una proyección temible. A ver qué les contamos cuando regresen en septiembre, agarrados de manos adultas, con el sol aún pegado a sus ojos y sus mejillas. Quién hará de hombre del saco y con una mueca extraña les contará lo que hay; o mejor dicho, lo que no hay. El verano abre sus cielos para recibir a estos niños que se nos escapan de las manos y que no se merecen nuestras tristes sonrisas.