Diario de León | Lunes, 24 de julio de 2017

Memoria histórica

Recuerdos cruzados

Los destinos de Villanueva del Condado y Cantabria están cruzados desde la guerra civil. El maestro del pueblo fue asesinado en santander y tres soldados cántabros fueron fusilados en este pueblo ribereño del porma.

07/08/2011

Recuperar la memoria histórica de los que sufrieron la Guerra Civil y situarla en un lugar digno con el acuerdo de la sociedad es una ardua tarea que involucra actualmente a muchas personas. Familiares, investigadores o políticos trabajan para que el conflicto que durante décadas enfrentó a los españoles encuentre su sitio en los libros, en las escuelas y en los pueblos, que guardan estos recuerdos.

Sin embargo, a pesar de la diligencia con la que muchos vecinos se prestan a estos asuntos, en muchas ocasiones el fruto del trabajo no se incorpora al acervo de la cultura española. Este es el caso de muchos rincones de la provincia, pero en otros como el Condado, a orillas del bajo Porma, vecinos de Villanueva y Vegas han conservado recuerdos y conocimiento de varios represaliados.

Viajes de ida. Villanueva del Condado y Cantabria están ligadas por las historias de cuatro soldados que perdieron la vida en la Guerra Civil. Tres soldados cántabros del ejército rojo fueron apresados en Santa María del Monte, encarcelados en Vegas y paseados y enterrados en el cementerio de la localidad leonesa. Mientras que el maestro del pueblo, Felipe Castro Atucha, fue asesinado en el Hospital de Valdecilla de la capital cántabra cuando defendía al Gobierno republicano. La nieta del profesor, Mariví Castro, con la colaboración de vecinos, investigadores y familiares de las víctimas ha reconstruido las historias de todos ellos, para ponerla en conocimientos de todos los que quieran escucharlas.

Los restos de los tres soldados cántabros descansan en la fosa de Villanueva junto a los restos de otro represaliado, cuya indentidad se desconoce, aunque se cree que puede ser asturiano.

De dos de los soldados, el comandante Pedro Portilla Cuevas y el teniente Fernando Burges Cabrero, figuran los nombres en una placa conmemorativa que se colocó en 1980 en el cementerio local. Del tercer cántabro, el asistente Joaquín Palacios González, su único familiar vivo no quiso poner nada porque no va a tener más descendencia.

Los tres fusilados, miembros de la Brigada Montañesa, escapaban del vencido frente asturiano de Pola de Gordón hasta que llegaron a Santa María del Monte.

Según relata Jesús Gutiérrez Flores en el libro les condujo al pueblo y se alojaron en casa del presidente de la Junta Vecinal donde cenaron unas alubias. Un soldado y un concejal, enterados del asunto, bajaron a dar parte a la Guardia Civil. Estos acompañados de falangistas les sorprendieron en la cocina. Uno estaba dormido en la meseta de la «trébede», otro recostado sobre la misma y Fernando Burgués sentado en el escaño con bombas de mano en el cinturón».

En la documentación existente hay contradicciones, ya que se explica que iban a entregarse y después se afirma que estaban huyendo.

Se les llevó a la cárcel de Vegas del Condado donde permanecieron durante tres días. Al cuarto fueron excarcelados, apalizados durante tres días, arrastrados por caballos y, finalmente, fusilados.

Los cuerpos, sin botas y sin relojes, fueron encontrados por el propietario de la finca de Villanueva del Condado en la que fueron abandonados. El vecino trasladó los cuerpos a esta localidad en la que fueron enterrados como cualquier otro vecino el l9 de julio de 1937.

La placas conmemorativas del cementerio se colocaron en 1981 por la familia de Pedro Portilla y Fernando Burges, después de que el alcalde de Vegas, Moisés García, se pusiera en contacto con ellas.

La historia es conocida en el pueblo. Recientemente los vecinos han participado en la grabación de un cortometraje titulado en el que se narra la historia de los soldados y de la placa que se colocará en el Ayuntamiento. El video puede verse en la página de la Fundación Antonio y Cinia de Cerezales (http://www.fundacioncerezalesantoninoycinia.org), que ha promovido la grabación.

Cohetes que nunca silbaron. Durante muchos años, un mozo de Villanueva del Condado, Casiano Alonso, recientemente fallecido, guardó un puñado de cohetes para tirarlos cuando regresara el maestro de la localidad. El silbido de las bombas nunca llegó a saludar al docente porque antes de que pudiera regresar fue asesinado en el Hospital de Valdecilla, en Santander, cuando los nacionales tomaron la ciudad costera del Cantábrico.

Felipe Castro Atucha fue el maestro de Villanueva del Condado en el curso 1935-1936. Su historia es una de las tragedias de represaliados que han traspasado los muros familiares para conocimiento del resto de la sociedad y de muchas personas que no vivieron aquellos años. Su familia ha conservado su recuerdo y ha trabajado para que sea reconociddo. Su nieta, Mariví Castro, cuenta su historia con naturalidad porque el recuerdo del maestro alivia el dolor de su tragedia, explica. La biografía de Felipe Castro Truchas ejemplifica la de otras muchas víctimas, cuyas historias no han tenido la misma suerte de ser recordadas con tanto cuidado.

El maestro de Villanueva cursó estudios de magisterio León. Se licencio por la Institución Libre de Enseñanza y fue destinado en prácticas en el curso 1933-1934 en San Martín del Camino. Al año siguiente fue destinado a Valporquero de Rueda, donde ejerció durante dos años. Allí se ganó el cariño de su vecinos que aún hoy le recuerdan. Como muchos maestros de aquella época, además de dar clase a los niños, por las noches enseñaba a leer a los mayores.

Realizaba dibujos y se los regalaba a la mujeres del pueblo, que luego bordaban en pañuelos durante el día. La figura del maestro se recuerda con ternura en el pueblo, ya que llegó a convertirse en una persona con mucha proyección entre los vecinos. Sus ideas liberales y su carácter solidario le acercaron mucho a las gentes de Valporquero. Desde allí viajaba a San Cipriano para visitar a su madre, Gregoria Atucha y a sus hermanas Serafina, Carmen, Florinda, Mercedes, Natividad y Ramón. Su padre, Ramón Castro González, también había sido encarcelado, dejando solas a las hermanas y a su madre.

En el año 1935 fue destinado a Villanueva del Condado donde sólo pudo ejercer durante un año. En agosto, a los ocho días de haberse casado con su mujer, María Eresvita Díez García, el párroco local, Baldomero García le alerto de que la Guardia Civil le iba a detener.

Huyendo, se enroló en el Ejército Rojo con compañeros de Valporquero. Permaneció en el frente hasta el 21 de agosto de 1937, cuando herido de metralla en el Hospital de Valdecilla, inmóvil en la cama, fue rematado por los soldados. Recibió sepultura en la fosa común de Santander con los restos de otros miles de represaliados.

Mientras estuvo en el frente, en abril de 1937 nació su hijo Felipe, al que nunca llegaría a ver. Sus hermanas fueron escarniadas en San Cipriano, donde se les rapó el pelo y fueron humilladas.

La muerte de Felipe Castro no fue reconocida hasta veinte años después, cuando su hijo debía acudir al servicio militar. Para evitar la mili debía alegar que era hijo de viuda. En el trámite debió testificar de nuevo el párroco Baldomero García, como testigo de que Felipe Castro nunca regresó al pueblo. La pólvora de los cohetes se pudrió y nunca silbaron en el Condado.