Diario de León | Miércoles, 13 de diciembre de 2017

¡carro a la virgen!

ya en el siglo XVI hay datos de la celebración de la romería de san froilán en una ermita que es el germen del actual santuario

02/10/2011

Quiso la Virgen del Camino nacer un dos de julio de 1505, y otra vez eligió como testigo a un representante del gremio más favorecido en sus presencias terrenales. Álvar Simón, pastor avecindado en el pueblo de Velilla de la Reina, recibió la visita de La Señora y fue el depositario de su mensaje, que escuchó reverente y arrodillado en el mismo lugar donde se alzó la primera ermita, conocida hoy por el nombre de El Humilladero. Andando el tiempo, se han sucedido diversos santuarios levantados siempre sobre el lugar elegido por la propia Virgen, y la campa vecina viene siendo desde siglos lugar de encuentro de muchedumbres romeras que hoy se dan cita el día de San Froilán.

Ya en el siglo XVI, tenemos constancia de la celebración de esta romería en la primitiva ermita que sirvió de germen al grandioso santuario de nuestros días. La mansillesa Pícara Justina, desde la pluma de su creador, Francisco López de Úbeda, nos cuenta con su peculiar gracejo algunas de la anécdotas que vivió en su peregrinaje a la romería, cuando ésta se celebraba el día siguiente de La Asunción: «Yo llegué a la ermita y de veras que me gustó… campo anchuroso que huele a tomillo salsero; bien edificada, adornada, curiosa, limpia, rica en aderezos, cera y lámparas… gran concurso de gentes, notable provisión de frutos, vino y comida… Recuérdome que desde esta romería quedé muy devota de los perdones… fue el cuento que un galán estaba rifando de naipes ciertas avellanas y genobradas, las cuales ganó, viéndome me convidó y dijo: Tome perdones, señora hermosa… no piense que me burlo, que en esta tierra es uso llamar perdones todo lo que se da en la romería porque se tiene por devoción, como si fuera Pan Bendito».

Tres siglos después, nuestro ilustre romántico, Gil y Carrasco, escribía un día de San Froilán lo siguiente: «La romería que allí se celebra es concurridísima y vistosa en grado sumo, por el sin fin de trajes y aposturas, pues los maragatos, los riberiegos, parameses y montañeses, gastan distintos cabos y tienen danzas, asimismo, diferentes; sus tiendas al aire, figones de pradera, que dan tan típico sabor de romería única, que por el mundo adelante no tiene igual. Y así tiene que ser el regocijo pues las gentes no se dan cuenta que en tal paraje no hay un árbol a cuya sombra guarecerse de los abrasadores rayos del sol, y ¡oh manes del vino de la tierra!, es el lugar donde el agua escasea de todo punto».

Hacia un santuario votivo

Para los leoneses de los años cincuenta, como es el caso, la desaparición del antiguo y entrañable santuario de nuestra niñez y juventud, turbó un tanto la querencia y el apego que nos movía a cumplir con frecuencia múltiples votos en pago a los favores de la dulce Virgencita del Camino. Aquél, porque había aprobado en junio o en septiembre… el otro, por quedar tan garboso después de la apendicitis; éste, por aquello de acompañar a la chica en sus intenciones… Todos llegábamos allí con los pies hinchados, pero contentos de cumplir con las promesas y tradiciones que habíamos heredado.

Y puestos a recordar, no me resisto a describir con cierto detalle el santuario que recibía nuestras visitas de adolescentes: la fachada seguía la línea de la carretera, y estaba formada por once esbeltos arcos de piedra y el de entrada, sobre el cual campeaba la imagen de San Miguel, y sobre ella, coronando el pórtico, el escudo de armas justificando el título de «Real» que lleva el santuario. El costado derecho lo formaban otros siete arcos y una puerta de acceso; el costado izquierdo, diez, y la parte superior ocho, más un arco de entrada análogo al de la fachada principal. Las desnudas paredes del templo y la torre de sencillo gusto —más tarde tendría dos— y escasa elevación, pero cuya cúpula se distinguía desde la capital a consecuencia de la altura en que está colocado el edificio, contemplaban el exterior del santuario. Su interior estaba formado por tres naves, la del centro bastante espaciosa, sostenida cada una por doce columnas y coronada por seis arcos. En el segundo una verja de hierro separaba el altar mayor del resto del templo, y a ambos lados de la verja en dos altares se veneraban las imágenes del «Santo Cristo del Amparo» y «San Bartolomé». Pero allá, en el altar mayor, bajo un solio de plata sostenido por cuatro columnas del mismo metal, nos parecía ver a nuestra Virgen del Camino platicando con el buen pastor de Velilla de la Reina: «Ve a la ciudad y avisa al Obispo que venga a este sitio y coloque en lugar decente esta mi imagen, la cual ha querido mi hijo aparezca en este lugar para gran beneficio de toda esta tierra».