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Las cosas del querer

El Inno de León. ROBERTO SANTOS CEO de NARúA [@rOberSan]


26/04/2016

 

Entre 1940 y 1965 el trío Quintero, León y Quiroga compuso las canciones más conocidas de nuestro repertorio coplero español y, al hilo de aquellas melodías, llegaron los bebés del baby boom de los 60s.

‘A la lima y al limón’ los leoneses encontrábamos acomodo en nuestra provincia y así la población creció desde los 508.613 habitantes de 1940 a los 591.130 de 1960.

Con el avance de los 60s la población de la provincia de León comenzó a descender hasta los 562.766 habitantes de 1970. Las fugas de la cárcel de la penuria económica leonesa llevaron nuestra ‘sangre a torrentes vertida’ a la capital española, a las vascongadas o a aprender francés y flamenco al mismísimo Flandes.

‘Ay pena, penita, pena’, canto pa’ mis adentros, cuando veo las cifras actuales de la población en la provincia leonesa, que según los datos comprobados en el INE a fecha 1 de enero de 2015 asciende a 479.395 habitantes y, tal y como puedo observar en mi propio entorno familiar, la cifra se presenta temerosamente a la baja.

El dato anterior merece un ‘Tatuaje’ para que no se nos borre de la memoria, pues tenemos los mismos habitantes que en el periodo de la guerra civil española, increíble pero cierto.

Les animo a que vayan al siguiente enlace: http://www.ine.es/jaxiT3/Tabla.htm?t=2852&L=0. Y comprueben por ustedes mismos la gráfica poblacional de la provincia de León (con datos anuales de los últimos 20 años), se parece bastante al descenso desde Cebolledo a la estación de esquí de San Isidro.

Pero volvamos a los 60 cuando el berciano Antonio Pérez, emigrante en Madrid desde que era un adolescente y trabajador de la hostelería más chic de la época, conoce a la maragata Nieves Panizo y le propone vivir siempre ‘A tu vera’.

Ambos deciden regresar a Ponferrada para ofrecer alimentación y residencia, a los trabajadores que poblaban la capital berciana en pleno desarrollo de la industria minera. A aquel negocio lo llamaron como a la película de John Wayne, ‘Río Bravo’, y así vino a ser su vida, un torrente de ideas, ilusiones y trabajo para sacar adelante a la familia creada, que en pocos años era de cinco hijos.

Al final de los 80 los primeros tambaleos de la industria minera se empezaron a notar y, viendo que la clientela mermaba, Antonio decidió, como buen innovador, crear una nueva realidad en lo que se anticipaba como el renacimiento del camino de Santiago, y así abrir un mesón en Rabanal del Camino, aprovechando la casa paterna herencia de su mujer.

Aquel Río Bravo creado en Ponferrada terminó por desecarse con la crisis de los 90, pero hábilmente habían creado una nueva realidad en la hostelería, creyendo firmemente en las posibilidades del enclave maragato y del flujo de caminantes a Santiago, de la que hoy continúa viviendo su estirpe, en El Refugio Hostería.

Tres de los hermanos están al frente del negocio creando cada año otros tres puestos de trabajo de marzo a noviembre, contribuyendo con ello a fijar población en un enclave rural; es un hecho digno de admiración.

Hablar con Antonio Pérez, Nieves Panizo y sus hijos es llenarse de ilusión por el trabajo bien hecho y sentir de cerca el valor de la familia y de los productos elaborados con cariño.

El reguero de personas tiñe de color El Refugio Hostería con idiomas provenientes, gracias al camino de Santiago, de las más diversas partes de este mundo y abre día a día la compuerta del río esperanza.

A comienzo de los 70s nace Eduardo Gil, que cuando arrecia la crisis de los 90 es un estudiante de derecho con una clara vocación, convertirse en abogado ambientalista, y un piquito de oro que enamora a Mª Paz Becerra (así nos lo contaron hace unos días cuando fuimos a visitarles al sitio que ahora les cuento)

Ambos deciden crear una familia y así, a principios de este nuevo siglo y milenio, cuando el menor de sus tres hijos contaba con apenas un año, se dan cuenta de que la vida madrileña no se aproxima al ideal que siempre pensaron para ellos mismos y sus hijos. Estaban dispuestos a encontrar un lugar en el que vivieran como reyes en sus veranos en Babia, y así llegaron a Riolago en León.

Compraron una casa al final del pueblo, justo donde se divisan los picos nevados, los canchales de piedra y la subida al lago Chao rodeada de cerezos silvestres que hacen las delicias del oso pardo.

La casa era lo suficientemente grande como para dividirla de forma adecuada y emprender en la explotación turística de dos apartamentos rurales construidos bajo los principios de la bio-construcción y a los que pusieron dos nombres bien leoneses, Calecho y Filandón. Ambos, como bien sabrán, corresponden a la costumbre cazurra de la buena conversación después de la comida y la cena.

El Mirador de Babia es el lugar donde conocer a Eduardo Gil, Mª Paz Becerra e hijos, y donde vivir la innovación de turismo y biología. Todo a su alrededor es respeto y amor por las personas y la naturaleza, y así, con esa pasión, atienden a sus huéspedes y les ofrecen una experiencia única en el bello entorno natural babiano.

Tengo el honor de ser amigo de las dos familias, que entre sí no se conocen aún, pero me queda la esperanza de que encuentren un hueco en la terca realidad de la hostelería para poder servir de anfitrión en el encuentro.

Las dos familias como habrán leído nacieron en Madrid, y las dos encontraron razones para cantarle la copla ‘Y sin embargo te quiero’ a las dificultades de la tierra leonesa.

Los 60 se fueron para no volver y los 2000s nos están sorprendiendo en León con el deshielo de personas que abandonan nuestros pueblos y ciudades. Emprender puede ser una solución, pero por favor, háganlo después de formarse bien y no culpen a nuestra tierra de lo que otros ?no han sabido hacer, de nosotros también depende vendernos bien.

Si estas dos familias han podido, muchos más lo podrán seguir haciendo.

Tengan en cuenta que hay una fuerza que genera riqueza y trabajo, cuando se explota sabiendo lo que se hace, es la fuerza del amor …

… son ‘Las cosas del querer’.

 

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