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LA VIDA EN EL GRAN NORTE RUSO

Un desafío a la naturaleza: viaje a las minas heladas de Norilsk

Los más importantes yacimientos de niquel y paladio del mundo, minerales de uso común, se hallan en la costa ártica de Rusia. El procesamiento de los metales extraídos ha convertido la región en uno de los rincones más polucionados del planeta

MARC MARGINEDAS / NORILSK
08/01/2017

 

El ascensor desciende a una velocidad vertiginosa, de varios metros por segundo. Una vez el montacargas se ha detenido a 900 metros de profundidad, se abren los portones y comienza la incursión por los yacimientos de níquel, paladio y cobre más ricos del mundo.

Esto es la mina Komsomolski, propiedad de Norilsk-Nickel,primer productor planetario de níquel y paladio, décimo en la extracción de cobre, una empresa en cuyo accionariado se encuentran presentes tres de los más relevantes y ricos oligarcas rusos: Vladímir Potanin, Oleg Deripaska y Roman Abramovich.

Tras el descenso, la comitiva de periodistas extranjeros y rusos invitados por el departamento de prensa de Norilsk-Nickel se acomoda en el interior de un vehículo de transporte para una visita guiada por las instalaciones. Después de un agitado periplo de varios minutos de duración por amplios túneles repletos de charcos,barro y piedras, los visitantes contemplan, en medio de un ruido ensordecedor, como una perforadora jumbo de dos brazos DD421, fabricada por la empresa finlandesa Sandik, taladra el techo de una galería para extraer una roca bautizada como ‘bogataya ruda’ (en castellano, ‘mineral rico’) que concentra esos tres elementos de la tabla periódica, indispensables para la fabricación de productos y utensilios de uso diario, desde baterías y micrófonos hasta imanes o cables eléctricos.

“Este es un lugar único en el mundo”, proclama, con indisimulado orgullo, Aleksándr Ramónov, ingeniero jefe en Komsomolski. “El principal peligro al que nos enfrentamos son los incendios”, continúa. No en vano, los accesos que conducen al pozo están literalmente empapelados de gráficos y carteles de advertencia, recordando las reglas de seguridad. Antes de acceder al interior de la mina, los trabajadores son sometidos a un chequeo de alcoholemia.

LATITUDES APARTADAS

Es precisamente esa singularidad de la que habla Ramónov la que ha permitido el aparente sinsentido de que existan en latitudes tan apartadas asentamientos humanos formados por centenares de miles de personas. Porque la mina Komsomolski, junto con otros pozos adyacentes y las fábricas donde se lleva a cabo la fundición del metal, se hallan situadas en un remoto punto del Gran Norte ruso, unos 400 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico, no lejos del océano homónimo.

Sin la existencia de semejante riqueza minera, la cercana ciudad de Norilsk, con casi 200.000 habitantes sería impensable. La urbe, con un casco urbano formado por bloques de edificios de material prefabricado y algunas construcciones céntricas de ladrillo que hasta podrían evocar algunos rincones de San Petersburgo, es la población de más de 100.000 habitantes situada en una cota más norteña del planeta.

 
En noviembre, el termómetro supera con dificultad los 20 grados bajo cero, y en los meses de apogeo invernal, no son infrecuentes temperaturas de -40º . “El frío es llevadero; aquí, lo difícil, es cuando sopla el viento”, explica con tranquilidad Anna, una mujer de mediana edad, que trabaja en uno de los hoteles de la localidad,  unas palabras que suenan inverosímiles a unos visitantes que, en cada ocasión que salen a la calle, se deben preparar casi como si fueran a una expedición polar.       

Mantener adecuadamente aprovisionado un lugar tan remoto constituye un auténtico desafío logístico. No existe comunicación terrestre entre Norilsk y el resto de Rusia. Las únicas opciones de transporte son el aeropuerto, cuyos vuelos en invierno sufren cancelaciones de semanas debido al mal tiempo, o el cercano río Yenisei, que conduce al corazón de Siberia o a un océano congelado durante gran parte del año.

En los meses fríos, las provisiones llegan a la ciudad mediante la flota de rompehielos propiedad de la compañía minera, que, tras una singladura de una semana, se abren camino a través la superficie congelada del océano desde el puerto de Murmansk, junto a Noruega, para luego adentrarse en el continente por la corriente fluvial del Yenisei.

Las provisiones son desembarcadas en el puerto de Dudinka, a orillas del río y a un centenar de kilómetros de Norilsk, y almacenadas en depósitos especialmente acondicionados. "Mantenemos los cítricos a una temperatura constante de entre seis y 10 grados, mientras que las manzanas las guardamos a entre 10 y 12 grados", explica el responsable de una empresa logística local, que además elabora cerveza y envasa agua mineral, productos destinados exclusivamente para el consumo local.

GRAN CONTAMINACIÓN

Además de las bajas temperaturas, los habitantes de Norilsk deben convivir a diario con la contaminación generada por las plantas de procesamiento de metal, situadas en los alrededores y que producen el 20% del níquel mundial, el 50% del paladio y el 10% del cobalto, una actividad que equivale al 2% del PIB de Rusia. Según el instituto Blacksmith, cuatro millones de toneladas de cadmio, cobre, plomo níquel, arsénico, selenio y zinc son liberadas a la atmósfera anualmente. Se calcula que el 1% de ls emisiones mundiales de óxido de sulfuro proceden de Norilsk.

Los efectos en el medio ambiente son devastadores. La vegetación situada en un radio de 50 kilómetros ha desaparecido debido a la lluvia ácida provocada por la contaminación. La nieve de Norilsk no es blanca, sino que veces se presenta negra, amarilla o incluso rosa. El pasado mes de septiembre, el río Daldykan, que pasa muy cerca de la ciudad, se tornó de color rojo. Tras varios días de suspense, finalmente la compañía aceptó su responsabilidad en el vertido.

Los responsables de la empresa afirman que han iniciado un ambicioso plan para reducir la contaminación, que incluye el cierre de una antigua y contaminante planta que databa de los años 40, además de un contrato firmado con una empresa canadiense para reducir, de aquí al 2020, en un 75%, las emisiones de dióxido de sulfuro.

Pese a la dureza del clima y al riesgo originado por la atmósfera polucionada, nadie parece querer marcharse de Norilsk. "Un minero aquí cobra un salario medio de 80.000 rublos (unos 1.170 euros)", destaca Ramónov, un salario de lujo en comparación con la mayoría de regiones rusos. Gozan de beneficios como un periodo vacacional de entre 60 y 90 días, además de jubilaciones anticipadas.

 

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