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LEÓN ■ La dignidad de las víctimas

En la cárcel del olvido

Cuarenta años después del asesinato de su marido a manos de ETA, la leonesa Mari Carmen Villar relata el infierno de convivir con la desmemoria

 

CRISTINA FANJUL | REDACCIÓN DIGITAL
12/02/2018

“Para mí, los 31 años siempre han sido una frontera. Toda mi vida he pensado en ese momento, en lo que ocurriría al cumplir la edad a la que él murió”... José Rodríguez Villar no conoció a su padre. Nació cinco días después de que ETA le asesinara. Eran las diez de la mañana de un 11 de noviembre de 1978 cuando los terroristas hicieron explotar una bomba en la carretera que une Beasaín con Zumárraga a la altura de Villarreal de Urrechu. La explosión de un artefacto cargado con veinte kilos de Goma 2 acabó con la vida del guardia civil José Rodríguez de Lama y el agente Lucio Revilla Alonso. “Un compañero de Información nos dijo después que la bomba iba dirigida a un autobús que se desvió del camino y que aprovecharon para detornarla con el primer coche que vieron”, recuerda su viuda, que tiene la sentencia de los asesinos de su marido en un cajón. La tiene tan enterrada que no es capaz de encontrarla. “Nunca la he mirado”. Su hijo asiente. “¿De qué me iba a servir? Mi padre no está. Eso es todo. Después de casi mil asesinatos, las víctimas de ETA apenas alcanzan a describir la situación, lo que les pasó, con un 'eso es todo'. Han pasado 40 años, dos veces el tango de Gardel, nada... “El tiempo ha enfriado todo... la gente se cansa de convivir con el sufrimiento”, sostiene Mari Carmen Villar, treinta y pocos años cuando se quedó viuda con dos hijos y uno más que llegó cuando el aullido del desgarro aún era demasiado hiriente para dar paso al duelo. “No me conoció. No pudo saber si tuvo una niña o un niño”, dice José con tristeza.
A su madre le provocaron el parto después de que la noticia de la muerte le llegara mientras escuchaba la radio. “Me lo imaginé rápidamente. Jose estaba de concentración en Logroño. Nunca sabíamos cuánto iba a durar, y él me traía a León con mis padres para que no me quedara sola con los niños. Y así fue como me quedé, sola con tres niños. Mi padre hizo de padre. No sé qué habría sido de mí sin ellos”. El dolor no se pasa nunca y, además, acaba con los recuerdos. Los recuerdos que ella ha olvidado. “Hay muchas cosas importantes de mi vida con mi marido que se han borrado. Tras el asesinato, le pedí a mi madre que guardara todas sus fotos y pasé más de un año a base de tranquilizantes. Mi hijo el mayor tenía tres años y preguntaba por su padre. ¿Por qué mi padre está en el cielo y los de los otros niños no?, me decía...

Que asesinen a un familiar nunca es fácil, pero en los años setenta todo era mucho más complicado. Las víctimas de terrorismo no tenían el estatus que luego lograron y nadie las tenía en cuenta. “Si me pasa algo, no dejes que me pongan medallas en el ataúd”, me decía siempre mi marido. No dejé que lo hicieran. Cumplí con su voluntad”. Mari Carmen Villar destaca que al llegar a casa tras el funeral, su padre puso la televisión, una rutina que a ella le conmocionó. La muerte no impide que la vida continúe, a pesar de que quien se queda cree que le quede el consuelo de que todo puede detenerse para acompasar con ello la amputación de la pérdida. “Mi padre me lo dejó claro. 'La vida sigue', me dijo y así ha sido hasta hoy”.

La viuda de José Rodríguez de Lama. RAMIRO

-¿Alguna vez habéis buscado en Google qué ha sido de los asesinos?

- Nunca. Nunca nos ha interesado. ¿para qué? ¿Para descubrir que viven felices mientras mi padre está en la tumba?

Mari Carmen se levanta. En el otro lado del salón hay una pequeña cómoda. “Creo que está ahí”, comenta sin decir a qué se refiere. Durante unos breves instantes busca en los cajones mientras el silencio se apodera de la estancia. “No, no está”. Vuelve al sillón. “Nunca la miré, nunca, ni siquiera el día que me la enviaron”. Es su hijo el que aclara que su madre se refiere a la sentencia de los etarras que idearon el atentado en el que falleció el cabo leonés. De ellos, dos han muerto ya. Félix Ramón Gil Ostoaga, alias Zaldi, se suicidó pocas semanas después de lograr la libertad. Cumplió tan sólo trece años de condena de los más de 300 a los que había sido condenado por varios asesinatos. Mercedes Galdós Arsuaga, alias Bitxori, logró salir de la cárcel en 2005 tras pasar encarcelada 17 años. Los 17 asesinatos probados en los que participó le habían sumado 700 años de privación de libertad. Los otros tres terroristas que participaron en el atentado fueron José María Zaldúa Corta, alias Aitona, Juan Manuel Bereciartúa Echaniz, alias Pakea, y Ramón Oñaederra, alias Katu. El primero de ellos falleció de un infarto en septiembre de 2010. Bereciartúa Echániz logró huir a Venezuela, donde vive en la actualidad, mientras que el GAL acabó con la vida de Katu en 1983.

José Rodríguez Villar. RAMIRO


Mientras todo eso pasaba, el cadáver de José Rodríguez seguía muriendo, como en el poema de César Vallejo, y lo hacía porque “el dolor no se pasa con el paso del tiempo”. “Al revés. Nadie sabe lo duro que resulta aún hoy contemplar las imágenes de un atentado y, sin embargo, a pesar de la cantidad de muertos, la historia de las víctimas se acabó, a nadie le interesa ya”, lamenta Mari Carmen, que comenta con tristeza que alguna amiga le ha llegado a recordar la indemnización que recibió por el asesinato. “Mira, no conozco a nadie que haya sufrido un atentado que vaya de víctima por la vida”, afirma para defender la importancia de no olvidar. “Lo que ha ocurrido en España debería estudiarse en los colegios para que siempre se recuerde”, insiste al tiempo que destaca su extrañeza ante la actitud que demuestran algunas víctimas. “Cuando oigo a Irene Villa decir que ella perdona, es que no lo entiendo y me cae fatal oírselo decir”. Su hijo interviene para recordar las palabras de Enrique Múgica cuando ETA asesinó a su hermano Fernando. “Lo recuerdo como si fuera hoy. Creo que fue durante el funeral y dijo 'ni perdono, ni olvido''... Esta leonesa no ha cambiado su punto de vista. No han podido con ella. En el año 1999 aseguraba en Diario de León que no creía en la paz. "Para mí, la situación actual es de amnistía encubierta. Callarán y aceptarán, como lo han hecho siempre. Las víctimas no pueden hacer otra cosa", le decía a Verónica Viñas. Se refería Mari Carmen Villar a la 'tregua indefinida' que ETA se vio obligada a anunciar tras la revolución social que siguió al asesinato de Miguel Ángel Blanco. Fue su manera de evitar la ilegalización. Poco después de su mueca más sórdida, ETA tutelaba el que se conoció como pacto de Lizarra. La banda asesina seguía recibiendo subvenciones públicas a través de su brazo político,HB, que en aquellos días reconvertía su marca en Euskak Herritarrok (EH). Mientras tanto, el subdelegado del Gobierno en León, Manuel Junco Petrement, entregaba a once familias leonesas 9.600.000 pesetas procedentes de la Lotería Nacional para Víctimas de Terrorismo. Una limosna, una afrenta, una manera de salvar su propia cara ante el terror que otros sufrían...

Poco o nada ha cambiado. El nuevo escenario ha arrinconado, más aún si cabe, la realidad de las víctimas de ETA. Ellas saben que la realidad no está de su lado, que siempre, en todos los procesos de pacificación, son las que más que tienen que perder. “Estamos olvidados. Ahora son los etarras los que mandan en el País Vasco”, lamenta Mari Carmen, que confiesa ante su hijo los sentimientos que inundaban su alma tras el asesinato: “Tenía miedo de decir que era viuda de Guardia Civil”.

Mari Carmen Villar y su hijo durante la entrevista. RAMIRO

El marido de Mari Carmen fue la segunda víctima de ETA. Antes de él, la banda terrorista abrasó el cuerpo de Miguel Gordo García el 11 de abril de 1976. Murió electrocutado en Baracaldo al retirar una ikurriña colocada en un cable de alta tensión frente al edificio de Telefónica. En total, los etarras se cobraron la vida de 22 leoneses, si añadimos a Begoña Álvarez Velasco, asesinada en el hotel Corona de Aragón en 1979. De ellos, la mitad fueron guardias civiles. “Sin embargo, al final, ellos son más víctimas que nosotros”, reflexiona Mari Carmen que, a pesar de todo, ha ganado la partida a la muerte. “Nunca rehíce mi vida porque tengo tantos recuerdos de mi marido, y tan buenos”... Los dos sonríen; en realidad no han dejado de hacerlo desde que la entrevista comenzó. El gesto de los asesinos siempre tiene una pátina de asco, puede que el que sienten por su propia vida. No hay nada como el tormento de la culpa...