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«El abuelo Chus me enseñó el coraje para vivir»

 

07/12/2017

«Fueron sólo cinco años los vividos juntos, yo de los dos a los siete, él, de los 67 a los 72. Yo, los primeros de mi vida, él, los últimos de la suya. Enganchamos bien, había química. Su cama de enfermo fue mi segunda cuna y en mis pies de niño viajaban en multitud de ocasiones sus deseos. Horas interminables, y con ojos como platos le oí hablar de Baler, de su gesta, del hambre, de la lucha del miedo, de los amigos, los tiradores de Baler, que donde ponían el ojo ponían la bala, de muertos, de cañonazos. En mi mente de niño creía que Filipinas estaba todo lo más, como Palencia de lejos, y que los tagalos estaban, ahí tras la hoces, compartiendo cuevas con maquis y huidos. Había complicidad, curiosidad, bondad, buen rollo y cariño. Mucho a su vera rabié, reí, jugué, lloré y viví. El día de su muerte yo estaba asustado, dolido con él y la vida, cabreado, lloroso y pensativo. En su entierro hacía frío y nevaba en su tumba, yo desde una esquina, entre un gran banquete de lágrimas y mocos balbucía adiós abuelo, adiós compañero. ¿A dónde vas amigo?, ¿otra vez, quizás, a Filipinas?. El abuelo Chus (Jesús García Quijano) tenía en común con el Quijote su segundo apellido. Y como él, viajero y viajante, iluso y visionario, enamorado y soñador, valeroso y caballero, creativo y humano. Yo me sentía rico y feliz porque estaba seguro de tener un abuelo generoso y valiente, arriesgado e importante. De él aprendí y de múltiples formas que es necesario coraje para vivir, prudencia para sobrevivir y generosidad para convivir».

   
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