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En el entorno de una calle llamada Apalpacoños

 

04/02/2003

Pero quizá, el don Gutierre más popular -que el citado Álvarez de la Braña refleja en su novela histórica- sea don Gutierre de Villasinta, personaje que protagonizó abundantes lances en la época de Alfonso XI, entre los que destaca el sucedido con ocasión del alzamiento de los partidarios del Infante don Juan Manuel, rival eterno del rey Alfonso. Parece ser que don Gutierre, decidido defensor de la causa real, recibe un despacho del propio rey en el que se le anuncia un viaje de incógnito y el encargo de alojar en su palacio a la comitiva regia, que pretende derrocar a los sublevados de don Juan Manuel. Quiere la casualidad, que los portadores del mensaje real entren en la taberna del Tío Joroba, popular tugurio que se encontraba entre la calle de Santa Cruz y Puerta del Sol, en la que una moza de conocida intención encandila a los mensajeros y es causa de una disputa que se agrava al entrar en liza otros parroquianos no menos encandilados por la sugerente Maritornes. Salen a relucir las espadas y entablan una lucha encarnizada que les lleva a las retorcidas callejuelas que desembocan en la plaza del Pan -hoy Plaza Mayor-. Alertado don Gutierre de lo que ocurre a los mensajeros encabezados por don Gil, acude en su defensa y termina la escaramuza con un saldo de siete muertos en las filas contrarias, por lo que desde entonces la callejuela recibe el nombre de calle Matasiete. El de Villasinta tan solo tuvo una baja entre su gente; uno de sus hombres cayó herido, y después de recibir la infructuosa asistencia del cirujano Tobías, su cuerpo fue trasladado al monasterio cisterciense de Sandoval, donde recibió cristiana sepultura. El carácter aventurero de este don Gutierre y la cartela que se conserva en el museo arqueológico de San Marcos procedente del dintel de la portada principal de su palacio, en la que puede leerse: «Omne solum viro: forti patri est», nos define cumplidamente la arrogante figura de un caballero cuyo lema fundamental es el triunfo de la fuerza sobre la razón, y que todavía sigue vigente para determinados personajes que escudan su pasión por el «ordeno y mando» en los votos. Es más que probable que la presencia y protagonismo de este último personaje, fuese la que dio nombre a estos rincones del viejo León, si bien es verdad que la actual calle de don Gutierre, nunca ha sido así nominada por el casticismo leonés; su propia configuración deslizante, testigo secular de toda suerte de deslices, hace que la nominación popular haya sido la del Barranco del Lobo o simplemente El Barranco. Pero el nombre más expresivo, nacido de la reiterada dedicación que mantenía su colonia femenina, fue el de calle de Apalpacoños, para delimitar los espacios reservados a cada gremio, oficio o afición.