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Francisco Sosa Wagner | Mercedes Fuertes Catedráticos y autores de «Cartas a un euroescéptico»

«La decadencia europea puede ser económica jamás en derechos»

Francisco y Mercedes son pareja en el corazón y en el pensamiento. Su unión es hermosa y fértil, y no porque compartan la misma opinión, sino porque entre ambos engendran un sorprendente argumentario político, valiente, directo, crítico y, siempre, profundamente europeísta.

A. DOMÍNGUEZ | León
30/12/2013

 

Desde su particular atalaya leonesa, el eurodiputado por UPyD, catedrático, ensayista y escritor, Francisco Sosa Wagner, y Mercedes Fuertes, catedrática universitaria y autora de varios libros, han esculpido través de la palabra y el pensamiento una nueva obra en común: Cartas a un euroescéptico (editorial Marcial Pons). Es un libro de bolsillo, breve, ameno y terriblemente rompedor, implacable con los tópicos, profundamente revisionista, valedor de las instituciones europeas, pero al tiempo exigente en la concepción sólida de una verdadera unidad continental.

—¿La razón de este libro?

Francisco Sosa—Todo empezó porque fuimos los dos a dar una conferencia a una ciudad y pasamos por un palacio que estaba en reconstrucción con fondos europeos. Terminada la conferencia, una señora me expuso que todo lo dicho estaba muy bien, pero que a ella no le llegaba nada de ‘todo eso de Europa’. Y le contesté: Pero señora, si a dos minutos de aquí hay un monumento que se está recuperando con fondos de Europa. Y reconoció que no se había dado ni cuenta. Para ese tipo de gente que no ha percibido la presencia de Europa, está este libro.

—Defendéis la necesaria fortaleza de la unión continental frente a estados minusválidos ante poderes económico y militares ya globales. A ese pragmatismo, yo uniría el anhelo europeísta que sentimos algunos desde antes de 1986. ¿Lo que sentía España, lo siente ahora Ucrania, expresiones tumultuosas aparte?

Mercedes Fuertes—¡Igual!, y es tan emocionante (exclama).

F.S.—Exactamente.

—¿Es Europa consciente del sentimiento que genera?

F.S.—Es algo nuevo. Yo lo he vivido desde el Parlamento europeo. Y la idea de Europa imanta, especialmente a la juventud, como en Ucrania.

—Presentáis a Europa como la luz del mundo occidental, desde el renacimiento hasta la ilustración, de la democracia griega y el derecho romano a la revolución francesa. ¿Pero en esta guerra mundial no declarada en la que vivimos, que es la económica, seguimos siéndolo o el eje del poder o el nuevo mapamundi ya no se proyecta sobre el Atlántico, sino sobre el Pacífico?

F.S.—Estamos en la periferia. El mundo ha girado.

M.F.—Sí, muchos historiadores apuntan la decadencia del modelo occidental y como el equilibrio del poder se dirige a oriente. Pero a mí eso no me preocupa. Lo que sí me preocupa es que, en esos giros, esencias tan propias de los europeos como son las libertades y los derechos públicos se diluyan. Eso hay que defenderlo, aunque seamos minoritarios. F.S.—El ejemplo más simple es la guerra que ha vivido Obama, el poderoso presidente americano, para implantar un sistema público de sanidad que en Europa es un derecho. Es una conversación vivaz por la actualidad y la política, el curso de los capítulos de Cartas abre y cierra espacios de diálogo.

—Atacáis el tópico sobre el déficit democrático de las instituciones europeas. Aún siendo muy certeras vuestras réplicas, yo sí detecto una carencia de soberanía ciudadana sobre Europa. El elector no es consciente de su decisión sobre el entramado europeo, Europa parece un Olimpo ajeno al mortal votante.

M.F.—Somos 500 millones de europeos. Es complejo llegar a tanta población. Sí existe mucha información y canales para conocer la actividad de la Unión Europea, pero es cierto que falta mucho por hacer.

—Quizá no sólo sea culpa de Europa, sino el resultado de unos Estados que evitan que la UE les suplante en la interlocución directa con sus ciudadanos, prefieren apropiarse de las bondades europeas (inversiones incluidas), se resisten a la cesión de competencias y, en ocasiones, utilizan la Unión como la culpable propicia.

F.S.—Por supuesto. En este momento los estados nacionales lo que hacen en el 60% de los casos es ejecutar legislación europea, y eso ha producido una reducción de la soberanía de los estados. Y a muchos no les gusta y lo enmascaran. Los gobernantes propenden a apropiarse de todo lo que es bueno y achacar a Europa lo malo. Claro, por eso nosotros proponemos directamente una Europa sólida y la desaparición del Consejo Europeo, la reunión de los jefes de estado y de gobierno, porque desequilibra las instituciones europeas. En el Consejo, los acuerdos se toman por unanimidad. Y esos mismos señores que votan por unanimidad salen diciendo: ‘la que manda aquí es la señora Merkel...’ Hombre, la señora Merkel manda y también unos señores, que son mayorcitos todos ellos, y que votan que sí a lo que dice la señora Merkel.

—Junto a la unidad económica, de la que España ha salido muy beneficiada, por más que ahora olvidemos aquel maná que nos resituó en Occidente, también reseñáis la necesidad de una identidad.

M.F.—Es importantísimo. El pragmatismo económico ha funcionado, pero es el momento de construir una identidad común y también de sentirnos generosos en la ayuda e incorporación de otros países.

F.S.—La identidad europea es la identidad cultural. Por eso una de mis iniciativas -tampoco me han hecho caso, yo soy uno solo, claro-.

—Uno solo y la que lía.

F.S.—(Se ríe y continúa)... Pues propuse reunir a todos esos personajes históricos, creadores que no políticos, que son identificados por todos los europeos. De suerte que se vote, con exclusión en cada país de los suyos propios... Y así hasta reunir a 50 creadores que definan la identidad europea, recopilar sus vidas y logros, y contarlo en las escuelas. Esa la identidad fundamental, la cultural. Lo otro son intereses comunes que tenemos para que funciones el transporte, la energía, la sanidad, la seguridad en las inversiones o la intimidad en las comunicaciones. Defendemos una identidad europea frente a la identidad nacional.

—Es revelador conocer vuestros datos sobre el dinero que nos cuesta Europa. La UE dedica sólo un 6% de su presupuesto a gasto de funcionamiento, sólo percibe el 1% del PIB_de los estados y presenta cuentas sin déficit ni endeudamiento. ¿Debería gestionar más fondos de los estados y cuánto más?

M.F.—Sí, debería ser más. Al menos, un 10%. Y lo que se haría con ello... La gestión pública puede y debe ser así. Aunque también reconocemos que los estados deben tener déficit porque soportan los servicios básicos, bomberos, policías, médicos, maestros. No sólo se trata de un problema de administración, las deudas se generan en los países por problemas diversos pospuestos y no afrontados, como el déficit tarifado de las energía eléctrica en España... ¡30.000 millones de euros que debemos a inversores extranjeros hasta 2025!

—Sufrimos la carestía eléctrica como una secuela de la crisis, pero apuntáis la ocasión de ‘nacer de la crisis’. ¿Es un momento oportuno, tal como los fueron las crisis políticas y económicas de Estados Unidos, para una cohesión europea real?

F.S.—Lo está siendo y especialmente en el terreno económico y monetario. Cuando llegué en junio de 2009, nadie hablaba del control de los presupuestos de los estados, era un tabú, y hoy se acepta. La fortaleza de la unión económica y de la unión monetaria, aún admitiendo que existen países que no están en el euro, se ha desarrollado de una manera increíble.

—Existe la sensación de que Europa está liderada por una reina descreída, la propia Alemania.

F.S.—No creo que Alemania, ni que la propia canciller sean euroescépticos o antieuropeos.

 

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