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la defensa del imperio colonial

El nieto leonés del último de Filipinas

El psicólogo José García recuerda el valor de su abuelo al resistir un sitio de 337 días en la iglesia de la localidad asiática de Baler, una historia de hambre, dolor, angustia y supervivencia que le relató cuando era pequeño.


07/12/2017

 

pilar infiesta | león

El primer balazo, la primera gota de sangre española que se derramó en el durísimo sitio de Baler, fue la del cabo Jesús García Quijano. En juego, el último retazo del imperio español de ultramar. Aquel impacto le dejó cojo, según recuerda su nieto, el psicólogo leonés José García. Una herida a añadir al hambre, la sed, el dolor, el insomnio, la pérdida de compañeros, la angustia y la desesperación que marcaron los 337 días en que el pequeño destacamento hispano defendió su posición, con toda su energía y dentro de una iglesia. Su gesta le hizo entrar en la Historia como uno de Los Últimos de Filipinas para orgullo del país y de sus familiares.

Y no es para menos. Los 54 valientes del segundo batallón Expedicionario de Cazadores se parapetaron en un edificio húmedo, estrecho y desprovisto de cualquier comodidad. De 30 metros de longitud, 10 de anchura y muros de metro y medio. Para ello, tapiaron las seis ventanas dejando sólo unos pequeños resquicios por los que poder disparar sus fusiles Máuser. Arrancaron varias baldosas del suelo para fabricar un horno de pan, prepararon una letrina en un corral anexo al recinto y socavaron la tierra para construir un pozo en el que encontraron agua. Una suerte que les permitió mantenerse en pie durante casi un año sin morir de deshidratación. Almacenaron víveres, pero a los pocos meses no tuvieron más remedio que comer desde lagartijas hasta cuervos. La ayuda, los refuerzos contra los tagalos, nunca llegaron, según recuerda su nieto.

Los filipinos recurrieron incluso a tácticas de guerra psicológica para minar la moral de los asediados, impidiéndoles dormir con ruidos de todo tipo, haciendo cantar a las mujeres para recordarles los placeres a los que debían renunciar o mostrando a muchachas desnudas que les hacían gestos.

El cabo Jesús García Quijano demostró su ingenio y ejemplarizó la capacidad humana de supervivencia frente a las necesidades, el sufrimiento y la muerte que le rodeaba. Llegó a Baler, una pequeña población de 1.700 habitantes en la costa oriental de Luzón, a unos 230 kilómetros de Manila, con sólo 22 años y en el lugar de su hermano Venancio, a quien, en realidad, correspondía haberse alistado. El joven no quería y la familia carecía de las 2.000 pesetas que costaba eludir la contienda. Jesús se ofreció a sustituirle. De voluntario. Colgó la azada y se marchó a una guerra muy lejana a 12.000 kilómetros de su casa. «Esa generosidad, ese concepto de hermandad es la que hace que nietos, biznietos, sobrinos y amigos le recordemos admirados», expresa.

El sitio comenzó el 30 de junio de 1898, al grito del capitán Enrique de las Morenas. Eran 54 militares y un franciscano, a los que se sumaron otros dos religiosos. Al día siguiente, los rebeldes les instaron a rendirse, informándoles de la decisiva derrota que había sufrido la flota española frente a los estadounidenses. Fue la primera de las nueve tentativas de negociación que realizaron los filipinos a lo largo de los 337 días que duró el asedio y que se toparon con la tozuda negativa de los defensores a creer la noticia de la derrota de su Ejército. Resistían sin saber que España y EE.UU. habían sellado el Tratado de paz de París. Veinte millones de dólares por poner fin al imperio iniciado con Felipe II tres siglos antes, entregando Cuba, Puerto Rico y Filipinas a los americanos.

Los tagalos les dejaban periódicos para que se dieran cuenta de que la guerra había acabado y que Filipinas gozaba ya de la independencia, pero creyeron que eran argucias para hacerles desistir. «Sólo salieron cuando el teniente Saturnino Martín Cerezo vio en el diario El Imparcial la noticia de un amigo (Francisco Díaz Navarro)) que pasaba destinado a Málaga y se dijo: ésto no pueden haberlo inventado. Va a ser verdad que la guerra terminó», rememora José García.

Los supervivientes llegaron a Barcelona en barco el 1 de septiembre de 1899, tras recibir el reconocimiento del presidente de Filipinas, Emilio Aguinaldo, que les sirvió de salvoconducto para salir del país. FERNANDO OTERO

Como en una epifanía, Cerezo comprendió que todo lo que le habían estado diciendo aquellos meses era absolutamente cierto. España había sido expulsada de la colonia, ya no quedaba ningún imperio en aquellas islas y, para colmo, ellos habían sido los últimos defensores de Filipinas. Resolvieron rendirse a los nativos, aunque con premisas. Entre ellas, que ninguno de los supervivientes de Baler fuera dañado. El 2 de junio de 1899 izaron la bandera, confeccionada con casullas de monaguillo y tela de mosquitera. La defensa heroica no había salido barata: quince hombres habían muerto por enfermedad dada la mala alimentación y el hacinamiento, la disentería y, sobre todo, el beriberi, un mal provocado por la falta de vitaminas de los alimentos frescos. Otros dos fallecieron por balas filipinas, seis desertaron y dos fueron fusilados por querer pasarse al enemigo.

«Muchas noches escuché, con mis ojos de niño abiertos como platos, al abuelo Chus contar sus historias de Baler. Contrastaba oír a un inválido hablar de viajes, sueños, aventuras, epidemias, heroicidades, hambre, desvelos y penalidades. Yo me sentía feliz, porque estaba seguro de tener un abuelo valiente e importante, ejemplo de una gesta de resistencia impresionante», explica. El nieto del héroe destaca los once largos y extenuantes meses que permanecieron en sus puestos por amor a la patria y al deber. «Fueron 47 semanas aislados, rodeados por los tagalos, dando vueltas a sus vidas, sus gentes, sus creencias y valores. Con disciplina férrea, compañerismo a ultranza y lealtad sin condiciones». El sitio de Baler es el asedio militar más duradero de la historia moderna, un episodio militar sin parangón porque termina con los vencedores haciendo un reconocimiento inaudito a los vencidos. En 2002, el país colonizado, Filipinas, basándose en aquella proeza, declaró unilateralmente un día de amistad Hispano-Filipina, y academias militares tan conocidas como la de West Point, en Estados Unidos, lo estudian como manual de supervivencia. García Quijano regresó a su tierra, se casó con Inés Calle y tuvo una prolija descendencia. Aún pudo sobrevivir a una bomba lanzada desde un avión durante la Guerra Civil española cuando se encontraba sembrando patatas. Murieron dos de sus hijos. Fue la mayor, madre de José García, quien se hizo cargo de la situación, le salvó al limpiarle la herida en pleno vientre y coserle. Y es que el coraje va en los genes de esta familia.

Soldados españoles que sobrevivieron al sitio de Baler. Jesús García Quijano es el número 28. DL

 

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