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LEONESAS DE AYER Y HOY | MANUELA CABERO MORÁN

La médica que opera en la guerra y en el ébola

 

jesús f. salvadores -

ana gaitero | león
20/02/2018

Nació en San Cristóbal de la Polantera (1947), se crió en Veguellina de Órbigo y estudió Medicina en la Universidad de Salamanca. Manuela Cabero Morán, médica especialista en anestesia y reanimación y vicepresidenta de Cruz Roja Española, aún recuerda el nombre de la primera paciente que atendió cuando se estrenó como galena en Valverde Enrique.

Germana sufría un cólico renal y como no era la primera vez que pasaba por el trance, guió con toda precisión a la joven médica que, con 23 años, aterrizó en este pueblo de la linde de León con Valladolid. A los cuatro meses se trasladó a un pueblo de Toledo. La recibieron en la plaza como si fuera Míster Marshall o alguien parecido. «Sentí una gran responsabilidad al darme cuenta de que la salud de todas aquellas personas estaba en mis manos», señala.

En aquellos tiempos, ser médico de pueblo suponía estar de guardia los 365 días del año. Antes de cumplir los cinco años en la profesión se presentó a las pruebas de anestesiología, especialidad que desempeñó en el hospital Virgen de la Salud hasta su jubilación forzosa, cuando cumplió 65 años.

Ahora le apena pasar por estos pueblos casi despoblados y a los que sólo llega un médico de vez en cuando a pasar consulta. «Me produce una inmensa pena, la despoblación es como si desaparecieran referentes», señala por teléfono desde Toledo.

Pocas veces se encuentra en casa a esta mujer inquieta, que se apuntó con Médicos del Mundo para ir a operar a la guerra de Bosnia cuando la idea de colaborar en misiones humanitarias le atrajo durante las terribles matanzas de Ruanda entre hutus y tutsis. «Fui con otra compañera a Médicos sin Fronteras y nos dijeron: Os podemos usar como médicos generales, pero Médicos del Mundo busca anestesistas para Bosnia y nadie quiere ir».

A Bosnia fue y salvo las vidas que pudo. Y volvió. No una, sino varias veces. Incluso cuando se acabó la guerra, después de los «vergonzosos acuerdos de Dayton», subraya. «Me llamaron porque no tenían a nadie que se hiciera cargo de los intensivos», explica.

Al regresar de aquella misión le ofrecieron ser presidenta de Cruz Roja de Toledo y aceptó. Contra su propio pronóstico, la gesitón no se le dio mal y de la capital manchega pasó a la organización autonómica, desde donde accede a la vicepresidencia nacional. Cada vez que sale en misión humanitaria pierde su condición de dirigente. Es una médica más, pero con una experiencia que no tiene demasiada gente.

En 1999 se desplazó a, en Kosovo caían las bombas de la OTAN sobre Pristina mientras operaba. En Irak estuvo en plena invasión estadounidense, en uno de los hospitales de Bagdad. Su mayor bagaje en emergencias lo ha adquirido en las guerras, pero ha lidiado en otras batallas difíciles. Personalmente, ver pasar por delante el cadáver de Mercedes Navarro, médica asesinada en Bosnia, fue uno de los peores momentos.

Profesionalmente, el ébola le tocó las entrañas como médica: «Es una de las misiones que más me ha marcado: un 50% de mortalidad para un sanitario es devastador», asegura. Cuando estalló la crisis del ébola, en 2014, no dudó en alistarse para montar el hospital de Cruz Roja en Kename, Sierra Leona. Dijo que volvería y cumplió. Tampoco había codazos en las oenegés por ir a los territorios afectados por ébola.

En las guerras, admite, «se viven situaciones complicadas», pero el miedo que todo ser humano puede sentir no le ha impedido seguir y hubiera hecho más si hubiera podido. Los conflictos olvidados de Chad y Congo o el terremoto de Nepal son algunos de los lugares a los que no pudo llegar. Aún está dispuesta para ser parte del engranaje de la ayuda humanitaria que, como ella dice, «es una aguja en un pajar. No es nada, pero a quien le toca le ayuda y si lo haces bien puede salir adelante, ya sea en un contexto de guerra o de penuria», recalca.

Hay algo más allá del número de operados o de vidas salvadas, de los que no lleva la cuenta, aunque mantiene muy buenas relaciones: «Es un deber ineludible, que la gente que está al otro lado del mundo o a las puertas de Europa, como los refugiados que no queremos, sepa que les importan a alguien».

Por eso le resulta más doloroso que la labor de las oenegés se ventile en escándalos. «Es lamentable, pero también es imposible acabar con ellos. Lo que no debe ser evitable es que si lo sabes, lo denuncies», añade alabando la «gallardía» de Médicos Sin Fronteras al sacar a la luz sus propios inculpados tras el caso de abusos sexuales de Oxfam en Haití.

«Lo que yo he visto es preocupación en todas las oenegés por hacer letrinas en sitios iluminados para que las chicas no sean asaltadas en los campos de refugiados». Como no olvida que las unidades de Cruz Roja que enviaron a Haití para suministrar agua nunca han regresado porque «supondría dejar sin agua a más de un millón de personas», añade.

Su vocación sigue intacta. En mayo realizará el curso para poder formar parte no sólo de la unidad de salud de Cruz Roja, sino también de la unidad de saneamiento masivo. «Hace muchos años que la ayuda humanitaria no se improvisa, porque es derrochar dinero», recalca.

Los conflictos «intencionadamente olvidados son lo peor», aduce. A pesar de todo su mensaje es optimista: «El mundo no está peor, está mejor que hace veinte años, lo cual no significa que hayamos hecho mucho porque aún más de la mitad de la población debería vivir en condiciones dignas». Grecia es, por ahora, su último destino, hace menos de un año. No soporta que Europa, con una población envejecida y que ha firmado voluntariamente unos acuerdos de acogida, «tenga empantanados a los refugiados a sus puertas». Recuerda que Líbano, con apenas cinco millones de habitantes, tiene a más de un millón de personas acogidas, es decir, más del 25% de su población. «Tenemos que cumplir», insiste.


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