01/04/2006 LUIS ARTIGUE
LEÓN ES UNA CIUDAD en la que, como ángeles infiltrados, los personajes conviven con las personas. Y, conforme va pasando el tiempo, a veces alguno de esos personajes en vez de caer en el olvido va ocupando un lugar en la nostálgica memoria de esta ciudad¿ Así, involuntariamente, cierta biografía se convierte en leyenda. Precisamente un enamorado de las leyendas urbanas de esta ciudad fue Paco Pérez Herrero, poeta popular, hombre divertido y locuaz, mecánico dentista, tertuliano, animador cultural y peculiar personaje de este entorno urbano tan proclive a las leyendas, los cuentos y los mitos. Por eso se celebra hoy un acto conmemorativo muy oportuno -ahora que de su nacimiento se cumplen cien años- con el que celebrar más la existencia que la obra de este hombre peculiar al que aún recuerdan quienes le conocieron, lo cual ya dice mucho sobre su paso por la vida. Pero en dicho merecido homenaje hablaran algunos de quienes pasaron tiempo con este pícaro moderno -sólo parte de sus amigos- aunque acaso sean quienes no tuvieron el gusto de conocerle quienes tengan también mucho que decir sobre él pues se trata, como en la novela de Joseph Michel, de un Joe Could, de un santo bebedor, de un personaje entorno al cual la verdad importa tanto como la leyenda, sí, en el que la realidad dice incluso menos que la ficción. Aunque a Julio Llamazares se le atribuye la leyenda de Genarín, ya un clásico, la idea se la debemos a Paco Pérez Herrero, y el hecho de que en las tertulias, los foros, las tascas, los cenáculos y los homenajes de León aún se le recuerde constituye acaso un acto de justicia poética porque se está convirtiendo en leyenda la vida de este propagador de leyendas paganas con vocación de eternidad. Pocos personajes tan vinculados a la intrahistoria cultural de León ha habido y hay como Paco Pérez Herrero, con su pajarita y su faria, siempre portando como si fuera una antorcha esa luz de frivolidad capaz de iluminar el mundo al hacerlo soportable, siempre con una cuartilla de versos que recitar en los postres, siempre con una sonrisa de prieto picudo que contagiar. Como bien ha contado Victoriano Crémer hace poco en su columna de este periódico el hoy homenajeado, el «poeta loco», el que arreglaba sonrisas y las propagaba, fue miembro de la Asociación de Amigos de Rusia y preso político durante la Guerra Civil, y acaso por eso dedicó desde entonces su vida a ejercer, en la medida posible, de hombre libre¿ Sin duda la libertad es una excelente forma de pasar por la vida y de entrar en la leyenda. Iba también a los toros y a las tertulias taurinas porque, en el fondo, era un dandy y como todo dandy admiraba el coraje desde la barrera. Convivió también intensamente con los pintores de esta ciudad, y de hecho existe un retrato doble, esquizofrénico, luminoso y virtuoso que Modesto Llamas Gil le hizo entonces: al observarlo hoy se percibe al instante que no es un retrato de época sino uno fuera del tiempo. En esa notable obra se le ve así, como un personaje de una novela de Luis Mateo Díez -sombrero, mirada interesante, rostro de seductor elegante entre un aspecto general de soñador de pueblo- y por eso hoy su imagen plástica habla tanto de él como de su leyenda. De hecho si existe una Historia Universal de las Pequeñas Cosas y los Grandes Momentos, en ella Pérez Herrero debiera figurar. El caso es que hoy se le recuerda, se le hecha de menos, se declaman sus versos, se pone su nombre en una calle y se descubre una placa en el Barrio de La Sal mientras él estará -dicho sea con todos los respetos para Josefina, su viuda- en el cielo de los poetas follando con las musas. Por eso, además del evento institucional, el mejor homenaje que podríamos hacerle sería celebrar la vida brindando con vino de los Oteros¿ ¡Por ti!
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