09/01/2009 Miguel Ángel Nepomuceno

león
Como decía Miguel Hernández, «las guerras siempre las pierden los poetas». Y en el caso de anoche, durante el estreno de
, en la que se ponía música a los poemas de siete autores leoneses, los poetas volvieron a perder la guerra. En ningún momento del recital hubo un reencuentro entre poesía y música. Si ambas deberían ir unidas como siempre se dijo, ayer se produjo un desencuentro a todos los niveles. Humildemente pienso que ninguno de los poetas allí convocados se sintió identificado con las composiciones, ya que si soplar por la caña de un clarinete sin lanzar sonidos, golpear las cuerdas de un chelo o hacer glisandos sobre las cuerdas de un piano con un plectro es hacer música del siglo XXI, entonces realmente se ha avanzado poco en este arte.
Personalmente conozco a cada uno de los músicos y me consta que tanto la soprano Eva Juárez, como el pianista y compositor Jesús Ángel Rodríguez Recio, como el chelista Pelayo Tahoces o el clarinetista Juan Pablo Anta son dueños de una técnica y unos conocimientos excelentes, pero lo que anoche ofrecieron no dio lugar a poder comparar ni apreciar tanto la música como la poesía, porque ninguno de los poemas allí interpretados eran identificativos de un autor determinado. Todos se parecían como gotas de agua, porque todos carecían de esa musicalidad que requiere el poema. El concierto, en el que se interpretaron 21 poemas -”tres de cada autor-”, no hizo vibrar en ningún momento a los escasos espectadores, porque estaban envueltos en una música poco adecuada. Y ello provocó que durante las cerca de dos horas que duró el concierto algunos espectadores fueran abandonando la sala. En ningún momento la hermosura de los versos de nuestros poetas, esos epinicios de oro, de Juan Carlos Mestre o esa noche de los ruiseñores africanos, de Antonio Colinas; o el polvo azul del cardo, de Ángel Fierro; o el ojo de la lluvia, de Agustín Delgado; o he dejado mi ropa en el silencio de las últimas ramas, de Gamoneda; o qué es un pájaro, de José Antonio Llamas; o, quién atardece junto a mi corazón helado, de Llamazares, quedaron plasmados con toda su fuerza, ya que en esta ocasión la música se estrelló contra la fuerza de la poesía y la voz, esa que debería mantener viva la atención continuamente sólo quedaba diluída en largos recitativos y sonidos extemporáneos.
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