28/06/2009 CRISTINA FANJUL
«Yo he escrito ya hasta en las paredes. En la cárcel y fuera de la cárcel. En momentos horribles de mi vida y en otros más serenos... No hay nadie que se atreva a hablar hoy como lo hago yo. Necesito 20 años más para decir todo lo que quiero decir... El periodismo no morirá. El hombre empezó a escribir hace miles de años sobre una piedra y no va a dejarlo ahora. Vendrán cosas nuevas, pero nunca faltará un periódico...» En esta entrevista, la última, concedida al periodista de El Mundo Antonio Lucas, demostraba Victoriano Crémer que era un irreductible del periodismo. Lo fue hasta el punto de que gracias a este oficio se salvó del cadalso. Corría el año de desgracia de 1937 y los confiscadores de La Democracia le sacaron de la cárcel de Puerta Castillo para poner en marcha el diario Proa. Pero la relación de Victoriano con la profesión surgió mucho antes, tanto que poco después de atravesar el umbral de la infancia, comenzó a trabajar en La Moderna, imprenta responsable de la publicación de La Crónica de León. Fue precisamente este semanario el que —en el año 1927— puso negro sobre blanco su primeros versos, un poema acerca de la visita de Alfonso XIII a León. Casi inmediatamente después comenzaba a colaborar en La Mañana, periódico dirigido por José Pinto Maestro y cuyo gerente era el abuelo del actual presidente del Gobierno, el capitán Juan Rodríguez Lozano. Llegó la guerra y Victoriano Crémer fue enjaulado, primero en el campo de concentración de San Marcos y poco después en el Arco de la Cárcel. El 24 de diciembre recobra la libertad gracias precisamente a su conocimiento del oficio de tipógrafo. Uno de los «héroes» del alzamiento le conminó a dirigir los talleres de Proa —periódico nacido de la confiscación de La Democracia— a cambio de recobrar la libertad. Así, comenzó su labor en el diario que se convertiría en motor de la propaganda nacional y allí fue donde escribió su primer Asterisco el 26 de enero de 1937. En Proa, coincidió con Carmelo Hernández Moros Lamparilla, que fue el responsable en el rotativo falangista de secciones como Aires del Bernesga, Perfil de los días y Ripios del Viento, así como con Celerino del Valle, Jesús Cantalapiedra o Ricardo Aller. Victoriano Crémer escribió en la cabecera falangista casi hasta su cierre y lo compaginará con su trabajo en Diario de León. Sus artículos como Asterisco se publicaban en primera plana y versaban sobre los temas más variados. En estos días escribió acerca de Howard Hughes, de Lindberg o sobre la Catedral. Pero, además, hilaba párrafos en los que —recordemos que la sombra de la muerte seguía cosida a su cuerpo— parecía mofarse de manera ostentosa de la ignorancia de los que pueden firmar su certificado de defunción. El 13 de julio de 1938, Victoriano Crémer se ríe con amargura de la España ignorante y meapilas: «Qué lejano el rumor del apotegma con que se apedreaba despiadadamente al núcleo vacío de la patria, allá por el siglo decimonónico cuando los hombres jugaban a la fácil tarea de enguirnaldar metáforas y bolearlas sobre la atónita estupefacción de una muchedumbre ignorante de su propia y única historia…» A partir de los cincuenta, el periodista se convierte de facto en el cronista de la ciudad, cargo honorífico que se le concederá en 1976. Análisis políticos, juicios sociales, críticas literarias y cinematográficas… la pluma de Crémer y la de los personajes por él creados —K. Von K. Vick, Valdoca, El Duende del Consistorio, Víctor León o Francisco C. Leonardo— han escaneado durante setenta años la intrahistoria de los leoneses. Fue, por lo tanto, la voz con más autoridad para hablar de los caballos que han hecho girar el carrusel del Viejo Reino.
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