Diario de León A Fondo

Viernes 30 Julio 2010

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Reportaje | marco romero

Sin techo, pero con vida

La soledad, el desamor, el paro o los desarreglos mentales han dejado en la calle a 234 personas que vagan por León, embriagadas de libertad o alcohol y sin tabúes para relatar su historia en una fría noche de Calor y Café

13/12/2009  

Almas errantes, como las estrellas. Surgen, también como ellas, cuando cae la noche. Dispersos por la ciudad a lo largo de todo el día, embriagados de libertad o alcohol, los sin techo de León inician a eso de las ocho de la tarde su particular peregrinaje hacia el único servicio nocturno que les da cobijo y cubre necesidades básicas de alimento caliente e higiene, sin preguntas y con la única condición de la no violencia. Estos códigos funcionan. Lo demuestra el día a día. «Si sigue así, esa mujer no puede entrar porque lo revolucionaría todo», advierte Pablo, uno de los cuidadores del centro Calor y Café (calle San Pedro). Se refiere a una transeúnte extranjera apostada con sus carros en la calle y gritando desgarradamente a todo el que pasa frente a ella. En cuanto se abren las puertas de la casa, la indigente cambia radicalmente de actitud y calla. Sabe que de esa guisa dormiría en la calle, a tres grados de temperatura.

234 caminos diferentes. Este año, sin contar el mes de noviembre, han pasado 234 transeúntes diferentes por este centro, 234 hombres y mujeres -”cada vez son más-” que se han quedado sin casa y, de otra menera, dormirían en la calle. Están ahí por muy diversas causas, pero lo más común es que detrás de su huida se esconda un sentimiento de soledad tras la muerte de los últimos familiares, dramáticas rupturas sentimentales, desempleo, enfermedades mentales, adicciones al alcohol u otras drogas o, simplemente, porque han agotado el tiempo de estancia en otros centros.

Unas horas escuchando su historia son suficientes para saber que todos ellos viven, en el mejor de los casos, con menos de 400 euros. Pasarán la Navidad sin ver a sus familiares. La mayoría tienen noticias de ellos, pero prefieren estar alejados de sus miradas. Y ya se ha constatado que el fenómeno de la pobreza extrema, aunque sea temporal, crece por semanas. «Tenemos que empezar a poner las camas supletorias», recuerda Purificación Alonso de la Torre, presidenta del centro Calor y Café y de la Casa Hogar, dependiente de la Sociedad San Vicente de Paúl en León. Llegadas estas fechas, los usuarios se multiplican, pero no hay sitio para todos. Nunca se tiene en cuenta el lugar de procedencia para valorar las admisiones, pero las normas del centro de acogida dejan bien claro que en el caso de que haya lleno total -”algo previsible para estas fechas-” se dará preferencia a las personas originarias de León, en primer término, y de otras provincias de Castilla y León, después.

De momento no queda ni siquiera dinero para pagar el gasóleo ni la comida a partir del mes de enero, por lo que la amenaza de cierre es inminente. Esta entidad solidaria se sustenta con nimias aportaciones del Ministerio de Sanidad y Política Social (22.500 euros), la Junta de Castilla y León (31.793), el Ayuntamiento (16.000 euros) y Caja España (3.000), además de la colaboración de socios benefactores. «Y de los Capuchinos», advierte Purificación. «Que cuando no hay dinero para pagar el gasóleo, llamamos a los frailes».

Cuando llega la hora. Hoy, afortunadamente, hay calefacción. A eso de las nueve de la noche, la trapa del centro se abre. Dentro, los cuidadores y voluntarios ya han preparado litros de café y calentado varias jarras de leche que colocan junto a la bollería que les regala la firma de supermercados Alimerka. Se identifican y van pasando uno a uno. Esta noche hay un par de mujeres y varios hombres, entre ellos tres marroquíes sin trabajo que vagan desde el Pais Vasco, divorciados que esperan a cobrar el reparto de bienes, septuagenarios arruinados en busca de residencia, viajeros que han conocido Argelia, Egipto o Túnez, mujeres con las emociones descarnadas. «Cada vez llegan más mujeres y en peor estado; vienen echas polvo», confiesa la directora de la casa, Josefina Herrero Durántez.

A pequeños sorbos. Sin techo, como las estrellas. Y sin paso del tiempo, como Isabel. El viernes cumplió 52 años, pero ella no sube de 33, «como Jesucristo». El alcohol y la calle han endurecido su expresión, pero no el corazón. Añora a sus nietas, a las que hace tres años que no ve porque viven lejos. Así que pasará la Navidad lo más anestesiada que pueda. «Me casé a los 20 años con un campeón de motocross, pero a los tres años le mandé a la mierda. No me he separado todavía [ risas ]. Seguí trabajando y a los ocho años me casé con uno que pesaba 140 kilos», relata mientras bebe pequeños sorbos de un tazón de café solo. «Tuve dos niñas -”añade-” y la mayor me dijo a los trece años que estaba embarazada. Cogí una botella de whisky y la bebí entera. Ahí me empezaron a dar ataques de epilepsia». Isabel aprieta los monigotes que lleva pegados a sus calcetines para que suenen como una bocina. Sonríe generosamente mientras muestra un paquete de fotografías familiares. Es todo lo que le queda. Eso y ella misma. «Me paso el día pidiendo para pagar los 60 céntimos de la comida y los 60 de la cena. La gente dice que es gratis, pero de eso nada». Isabel tiene una raquítica paga de invalidez y ya está superando el tiempo máximo de estancia en Calor y Café, por lo que su futuro es más que incierto.

En el carrusel de los ponis. Solitario, como las estrellas. A Víctor Rodríguez le quedan dos años para cumplir la edad de jubilación. Vivió en el Crucero, pero no lo queda familia. «No tengo padres desde hace 50 años y mi mujer se murió hace 17. En ese tiempo falleció una hija que no era biológica con sólo 24 años». Es lo primero que relata cuando se le pide que cuente cómo ha sido su vida. Hijo de labradores, siendo un chaval empezó a trabajar en ferias, y de feriante ha pasado de estación en estación, últimamente guiando a los ponis en un carrusel.

Cobra poco más de 300 euros por una pensión no contributiva y, echando cuentas, le sale mejor ir de albergue en albergue que pagar un piso. «Si estás en la calle gastas tanto dinero como si tienes una vivienda. Más o menos se dan la mano», asegura. «Pero quién puede tener una vivienda...». Su día empieza a las ocho de la mañana, hora en la que la casa cierra sus puertas -”«No se hacen reservas», reza el cartel de la entrada-”. Se va la biblioteca pública para leer los periódicos y libros de animales. Así pasa la mañana. Almuerza en el comedor de la Asociación Leonesa de la Caridad y a las cuatro va a la sede de Aclad, en el paseo de la Facultad, donde hay zumos y café para las personas sin recursos. «Hace ocho años que no bebo». Alcohol, se entiende. En el pasado ha sido un problema, por eso el asunto pasa de largo en el presente. «Luego veo una película o así y el resto del día lo paso en la calle, tomando otro café o una infusión, pasando el tiempo hasta que llega la noche para venir aquí». Continúa su relato: «He pasado mucho y más malo que bueno. Hay sitios como Salamanca que son una auténtica guerra, violencia incluida». Víctor no sabe si podrá aguantar tres años más en la calle, hasta que, llegados los 65, los servicios sociales de la Junta puedan hacerse cargo de su situación en una residencia pública. «No tengo sueños, ni esperanza, ni futuro».

A la espera de su parte. Trotamundos, como las estrellas. Saturnino Lucas Marcos, natural de Alaejos (Valladolid), ha trabajado para una constructora -”«no una constructora, para Dragados», se apresura a matizar-” en Túnez, en Orán (Argelia) y hasta en Egipto. «Cobraba 450.000 pesetas cada mes y las ingresaba en una cuenta. Cuando llegué aquí, me di cuenta de que mi mujer iba pasando el dinero de cuenta a cuenta, de cuenta a cuenta, de cuenta a cuenta, y así me dejó sin un duro y me echó a la calle», resume. Lleva 20 años deambulando, aunque en la calle muchos menos. Ya ha pedido defensa para que le ayuden a recuperar la mitad de sus bienes y sueña con ese dinero para vivir sus últimos días. Ahora cobra los 422 euros de Zapatero como subsidio, pero en tres años podrá recibir la pensión por la que ha estado cotizando toda su vida. Saturnino, que ha trabajado de fontanero y albañil desde los 15 años -”«yo hice la cárcel de Valladolid»-”, se conforma con alquilar una habitación para dejar de vivir de la caridad.

Sin padre ni madre ni can que le ladre, como las estrellas. José Luis del Castillo se dice víctima de la soledad. Tiene 48 años y lleva diez separado de su pareja. Es de la zona de Valencia de Don Juan. «Tenía mi trabajo y nunca me imaginé que podía acabar viviendo en la calle», admite. «En la calle no hay amigos, por eso soy muy solitario. No te puedes fiar de nadie. Yo he dormido en Bilbao en unos soportales junto a los yonquis. De verdad que nunca imaginé llegar a esto. Ahora estoy en contra de la sociedad».

Cómo se pierde todo. ¿Qué lleva a estas situaciones? ¿Cómo es posible que una persona en apariencia ordenada, de repente, pierda todo en su vida? La experiencia de los trabajadores sociales y voluntarios de Calor y Café responde a estas preguntas: «El círculo suele empezar bebiendo, después se pierde el trabajo, se sigue bebiendo y, al final, acaban sin nada. A eso hay que sumar enfermedades mentales diagnosticadas o no», indica Purificación Alonso.

Todos estos retratos se dibujan cada día en la planta baja de la casona de la calle San Pedro, cedida y después comprada a Caja España, donde se da una atención de emergencia al transeúnte. Allí hay 16 camas para hombres y cuatro para mujeres, duchas, televisión y un tentempié caliente. Pablo Paredes Cano, uno de los trabajadores sociales y cuidador del centro, explica que la clave para abordar cada caso es hacerlo de forma personalizada, ganando la confianza del transeúnte para después seguir con su socialización introduciéndolo en la casa hogar, en donde se trabajará más tarde con su reinserción social y laboral. «Lo más importante es que ellos quieran venir aquí. Tras una semana de observación intentamos saber si tienen apoyo de sus familias o derecho a algún tipo de prestación. Se trata más que nada de decirles a lo que pueden optar», indica este trabajador.

De él y de su compañero depende que los usuarios de la planta baja, donde está centro de acogida de emergencia, pasen a la primera, otra historia. Allí se encuentra la casa hogar donde se cubren las necesidades básicas de los residentes hasta que consiguen su autonomía personal. Para empezar, todos ellos firman un contrato en el que se hacen responsables de llevar a cabo un plan de intervención elaborado por y para ellos.

En la planta de arriba. El perfil del usuario es muy distinto en esta planta. De las 31 personas que han pasado hasta octubre por la casa, cinco eran menores acompañados por sus madres. Siete de los usuarios encontraron trabajo y se incorporaron al mercado laboral, entre las que se encontraba una madre con tres hijos; otro de ellos entró en una comunidad terapéutica para deshabituación al alcohol, a otra se le tratmitó una prestación para mayores de 52 años, a dos se les ingresó en una residencia de ancianos, a cinco personas -”dos con cáncer y una madre con parto prematuro-” se les dio estancia y cuidados mientras duró su convalecencia.... «Aquí pueden estar hasta un mes, aunque somos muy flexibles con todo», explica Josefina Herrero.

Callejero, como las estrellas. Matías es «nacido y criado» en Valladolid por su madre, porque no llegó a conocer a su padre. «Mi vida ha sido un desastre. Estuve en un centro de rehabilitación por alcoholismo, me salí y no tenía dónde ir», reconoce. Tiene 70 años y dice que lleva seis sin beber. Trabajó en las ferias -”«venía a León cuando todavía no estaba hecho ni el campo de fútbol»-” y los últimos años, como carbonero. «Me vi muy mal y así llevo siete u ocho meses», se lamenta. Su mayor problema ahora es encontrar una residencia de ancianos que le admita y reparar sus gafas de ver. Sólo tiene sano el ojo izquierdo, justamente la lente que se ha roto. Incluso para ese tipo de gestiones tienen que participar los trabajadores sociales del centro. En esa espera está Matías. «En la calle se vive muy mal. La calle es lo peor que hay. Hay que mendigar para poder comer». Nunca ha estado enamorado: «Tuve una juventud alocada, no quería tener familia». Los servicios sociales están tramitando la posibilidad de que Matías entre en una residencia de ancianos pública. Ése es el deseo de su carta a los Reyes Magos.

Brillante, como las estrellas. Entre los usarios de la casa hogar hay una mujer llegada apenas hace unos días. Prefiere no dar su nombre ni ningún otro dato que la identifique. Viene de una tormentosa ruptura sentimental y familiar. «Es un trago fuerte en la vida», dice antes de reiterar que nunca antes se hubiera visto en una situación semejante, denominador común que comparten todos los usuarios de este centro. «Es como un hogar formado por una serie de compañeros que, por circunstancias de la vida, nos hemos quedado sin casa. Cada uno sabe sus motivos». Asegura que se siente «contenta» porque se ha dado cuenta que «hay personas que dan cariño a la gente que nos falta». Y se emociona cuando recuerda a sus hijos, con los que ha perdido el contacto. «Creo que lo importante ahora es ser fuerte para no acabar con alguna enfermedad mental tipo depresión».

Los hijos perdidos son en estas fechas el eslabón que desencaja mentes y emociones. Otro usuario que no quiere revelar su identidad asegura que, tras quedar en el paro y divorciarse, lleva más de un mes errando por la ciudad, aunque cada día espera ansioso el momento de hablar por teléfono con su hijo de once años. «Él no sabe nada porque todo esto es algo pasajero», garantiza.

Lo dicho: vagabundos, como las estrellas.

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Comentarios (3)

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  1. errante - 13/12/2009 - 13:16:56 h.
    Con la cantidadde labor que hay aqui para realizar en la peninsula, ¿como es que preferimos irnos fuera de nuestras fronteras a realizar nuestro santificado? La verdad no lo entiendo....... Marcar como inadecuado
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  2. PM - 13/12/2009 - 09:29:30 h.
    Sangrante la información que da Marco Romero sobre la pobreza extrema. Sangrante.
    Me quedo sin palabras, se me quedan cortas.
    Teniendo techo, aún nos quejamos de pijadas supérfluas. Marcar como inadecuado
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  3. asimo r. a. - 13/12/2009 - 08:58:43 h.
    En el caso del desamor, hasta que no exista una verdadera custodia compartida, el que se va a la furgoneta es siempre el mismo Marcar como inadecuado
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