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fuera de juego

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carlos frá
04/07/2017

Coinciden en el tiempo los primeros 40 años desde que España votó en libertad tras décadas de dictadura con los 20 años de aquellos días de auténtico vértigo en los que hubo tres protagonistas con suerte muy distinta: José Antonio Ortega Lara, Cosme Delclaux y Miguel Ángel Blanco. Sólo los más veteranos del país recuerdan ambos tiempos que, sin duda, son fundamentales para entender cómo hemos llegado hasta aquí y quiénes somos en realidad los españoles.

Existirían incontables posibilidades a la hora de buscar, en intelectuales de todo tipo, referencias hacia la relevancia de no cargar en exceso de lastre la historia propia para que de vez en cuando retorne a la superficie.

Las referencias del pasado son las que ayudan a clarificar el presente, a ser conscientes de que sí es cierto que hay buenos y malos, a entresacar entre la maraña de grises unas líneas rojas que deben plantarse delante de quienes buscan meternos en una especie de bucle para volver a confundir y buscar razones y argumentos donde no los hay. Todo crimen terrorista es y debe ser estéril. Pero en ocasiones tienen consecuencias, como ocurrió en España con la muerte del joven concejal de Ermua. Tras décadas de engaños y disculpas la sociedad dio un paso al frente y se aisló a los terroristas y a quienes les apoyaban y financiaban, aunque nunca logró acallar del todo las voces que entonaban ‘es ques’, ‘por ques’ o ‘parece que’.

Esa especie de caballo de Troya en el corazón de la sociedad fue sin duda quien dio aire a la serpiente etarra y quien ayudó de algún modo a prolongar su vida al justificarla y legitimarla, incluso impulsando la aberración de que se libere a gente —etarras pero también criminales y violadores en serie— impidiendo el cumplimiento máximo de las condenas.

El reto terrorista está de nuevo ante nosotros aunque con otra máscara. Y de nuevo se repite el guión y en el reparto de papeles se percibe quienes se ponen de perfil y quienes buscan ese tercer pie al gato que a la larga frena la respuesta unánime de la sociedad.

Nada justifica la violencia y nada puede legitimar un golpe de estado, una acción terrorista o una guerra. Pero tanta sangre y tanto dolor acumulado en España debe servirnos para desoír los cantos de sirena de la demagogia y de quienes creen asumible que un hombre pasase 532 días en un hoyo.

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