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fuego amigo

Abre la muralla

 

ernesto escapa
18/03/2017

Después de una racha continuada de contratiempos, la última noticia sobre la muralla leonesa ya no es un derrumbe, sino la apertura de una plazuela al pie de los cubos que asoman a Conde Rebolledo, en el acceso al Húmedo. Sin olvidar las averías pendientes de arreglo, importa señalar el cambio de rumbo, porque no hay muchas ciudades muradas en España que puedan parangonarse con León. Sin embargo, todas ellas madrugaron más que la nuestra en cuidar y promocionar sus recintos, desde Ciudad Rodrigo a Ávila o Lugo. En ese rango, las murallas de León vienen siendo las menos afortunadas, cuando constituyen quizá el conjunto más importante de la península, después de los de Ávila y Lugo. Algunos afeites recientes entonaron diversos tramos de la cerca, con el aliciente añadido de un par de paseos sobre el Jardín Romántico y la calle Carreras, pero esos retoques no distraen el olvido de otros descuidos, como la Era del Moro o las Cercas, donde se explaya el gamberreo. Y duele más por tratarse de un patrimonio singular, que combina el cíngulo romano con la ampliación medieval, y también por contraste con el buen aspecto actual de la ciudad.

Claro que no podemos presumir los leoneses de haber sido gente cuidadosa con sus cercas y murallas. La declaración monumental masiva con la que la República puso a salvo lo más granado de nuestro patrimonio histórico, incluía las murallas de León y Mansilla, pero no las de Astorga, que tuvieron que esperar su protección hasta 1978. El caso de Mansilla es bien sangrante: su recinto de chinarros fluviales fue perdiendo lienzos enteros de su perímetro, que en la parte conservada muestra las cicatrices de una restauración bárbara. Menos mal que la tupida arboleda del Esla ha ido disimulando los costurones. Astorga, como León, lleva tiempo cultivando con esmero sus raíces romanas y en ese afán ha peleado por recuperar las trazas de una muralla que antaño sirvió de cantera para construir la plaza de toros.

Lo ordinario durante décadas ha sido tirar las cercas o verlas caerse de pura desidia. Así ha ocurrido en Almanza, en Grajal o en Valderas, donde ya tan poco va quedando. Un portillo con algunos lienzos en Almanza, que la gente atribuye por familiaridad toponímica con el palacio de Almanzor. Una puerta del dieciséis en Grajal, que sólo recientemente ha empezado a cuidar su herencia de barro. Y dos arcos mudéjares en Valderas, uno de ellos repintado. Volviendo a la capital, hace décadas se resolvió un Concurso de Ideas para intervenir en las Murallas. Entonces se despejó de chamizos la cerca medieval de Independencia. Si aquella iniciativa no supuso un gran avance en obras, en cambio sí despejó aspectos cuya pesquisa vuelve a distraer a los promotores de remedios.

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