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Adiós León

 

león en verso luis urdiales
11/01/2017

Una cosa es rebozarse todo el año con críticas feroces a la agenda de población, que bendice la diáspora y el destierro de la gente; y otra, ay, amigo, asomarse a las retenciones estacionales que vuelven a casa por Navidad y enmarañan en un atasco la rasante desde Padre Isla a la rotonda acristalada de Eras. Esa, esa es la dicotomía eterna del carácter leonés, bipolar, apóstata, resentido con la sonrisa del prójimo, enojado; del club de socios fundadores del movimiento filosófico gata lola, portador de la inquina que explica que los que maldicen de enero a noviembre el sino migratorio que nos echó encima la cosa autonómica, y antes el castigo divino, son los que más se ensañan con el claxon contra los apretones de gente que trae a León la conmemoración del nacimiento de Cristo y la Epifanía del Señor. Visionario fue el clerical Almarcha, que moderó su dote persuasora como numerario en las Cortes Generales franquistas para ahorrarle a este lugar el trance de convivir a diario con la muchedumbre que siempre brota de un foco industrial. Esa hubiera sido la condena, las colas y el embrollo navideño, de los que están y vuelven y no habrían marchado, durante 365 días al año. El prelado que se adelantó a su tiempo al procurar para León una reserva espiritual, fervorosa y pía del norte, igual que avanzó esa tendencia tan podemita ahora de moverse en camarilla por la calle, rodeado de jarca siempre, un patrón de superioridad en las apariciones públicas. No crean que se trata de un invento de los neobolcheviques ese contorneo entre la manada, camino de un lugar en el que extender el mensaje. Pocos púlpitos con feligreses le quedan ya a esta ciudad en enero, una vez que deja atrás la frontera de las fiestas y recupera ese aspecto huidizo de la gente en las aceras, que por momentos se aparecen como figurantes de decorados al óleo, que han posado así para el retratista antes de correr a los refugios. Razón tenía Almarcha con aquellas decisiones subyugadas al bien general; León desde enero es parte de un tiempo ordinario camino de una cuaresma en la que todas las epístolas tienen un final que desmitifica el desenlace feliz que se le supone al cuento de Navidad; lo bueno de todo esto es que no quedan las prisas y urgencias de los lugares con bullicio. Que no hace falta recurrir al claxon para protestar por las fatales consecuencias de la despoblación.

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