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HOJAS DE CHOPO

Agencias de colocación

 

ALFONSO GARCÍA
16/04/2018

Hablar hoy de ideologías en su sentido pleno no deja de ser un riesgo. Y es que uno cree sinceramente que se han descafeinado, cuando no evaporado, diluido, domesticado en aras de una pretendida practicidad, eufemismo detrás del que se esconde su propia inconsistencia. Hablar de ideologías sometidas a las estructuras implacables y devoradoras de un partido es como hablar de metafísica con estrambote, que viene a ser lo mismo que tratar de identificar el sexo de los ángeles. Todos los que están alejados de este control no pintan nada. Absolutamente nada. La calidad de la democracia se ha convertido en un disparate que llega a todos los rincones, al parecer incluso de la universidad. Tela. El ejercicio del control parece la única garantía de pervivencia. Lean, si tienen interés, al pesador italiano Emilio Gentile en La mentira del pueblo soberano en la democracia. Quienes, además, sacrifican la ideología por el control ni son los mejores ni permiten ningún tipo de movimiento, obsesionados como están por las disidencias y las traiciones.

Y en el control está la lucha. Las luchas intestinas, de una ferocidad que a veces asusta, a pesar de que quieran presentare ante la opinión pública con la dulzura de las sensibilidades. Poco más ajeno a la verdad. Bajo el barniz de las ideologías sometidas a estructuras se han establecido verdaderas agencias de colocación. Quienes me cuentan esos recovecos interiores, porque en ellos se mueven, me aseguran que allí se reparten hostias (con o sin h) como panes. Metafóricas dicen. Ahora, sobre todo, que se avecinan elecciones todo jinete quiere su caballo. Y no hay para todos. Se han estirado ya en demasía puestos y gabelas. Es imposible (¿) inventarse más, que el horno empieza a no estar para bollos. Suele ser esta época de bajas y entregas de carnés, intentando justificar lo injustificable en el ágora de quienes nunca escuchan. Unos porque no tienen ni ideología ni puesto. Otros porque se debilitó la ideología en la que creyeron. La verdad suele ser distinta.

Conocí a un pequeño comerciante que tenía carné de cuantos partidos había en León. Sobre todo en épocas electorales, recorría todas las sedes. Siempre sacaba alguna tajadita. Mostraba el carné correspondiente y, como no venía a encabezar ni figurar en ninguna lista, anotaba algún pedido. No era otro dolor de cabeza ni pedía la luna. Lo suyo se arreglaba fácilmente. Hasta que un día se confundió de carné. Pues eso.

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