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LA LIEBRE

Ahora, Quini

 

ÁLVARO CABALLERO
08/07/2018

E l cántico más auténtico de la historia del fútbol nace en los fondos del Molinón como un rumor de mar de fondo y se extiende por la tribunona como una ola inmensa que amenaza con cubrir el estadio. En ese ecosistema, las tardes en las que el sirimiri se entretiene en la visera del campo para dibujar una cortina que parece que no moja, en los partidos en los que el esférico va y viene sin encontrar consuelo en las mallas, la garganta profunda de la tradición futbolística envereda al balón para que halle destino. La pista viene de otro tiempo. La brújula marca el norte ligado al nombre de la leyenda que entendió la filosofía del juego para honrarlo con su ejemplo dentro y fuera del campo como una escuela que forma personas. Son apenas cinco palabras: un adverbio que se repite cuatro veces con exasperación y el nombre del mito que se aúpa al altar del presente, tan cargado de pasado y necesitado de futuro. Ahora, ahora, ahora Quini, ahora, entona la afición, igual que se recita el credo de una religión pagana.

El conjuro apela al brujo que fundó la religión en la que militan los aficionados, sin necesidad de filiación fratricida a un club concreto, sino todo lo contrario, como patrimonio del deporte que mide personas para que crezcan por encima de los límites que creían insuperables. Enrique Castro, Quini, fallecido este año cuando febrero se vuelve mocho, pervive como referente espiritual de un deporte desviado de los valores que lo fundaron. El mantra convocó ayer a más de 400 personas en Boñar, al reclamo de la peña barcelonista de la localidad, para resucitar los nombres de una página del balompié en la que los dorsales de las camisetas todavía no tenían dueño. En el campamento estival astur del reino medieval al que le robaron ser comunidad, Arconada, Dani, Luis Pereira, Asensi, Luis Alberto, Marañón, Marcos Alonso, Cundi, Redondo, Abel y Joaquín, entre más de una treintena de futbolistas de los equipos españoles históricos, rememoraron la figura de un jugador que se erigió en emblema por su compañerismo, respeto al rival, saber ganar y perder, confianza en sí mismo y juego limpio, como enseñan a guajes como el mío nada más que cruzan la puerta del templo de Mareo con el sueño de formarse como futbolistas y encuentran la silueta del mito dibujada en cada campo.

Si quieren saber qué justifica la dimensión del fútbol busquen en la historia de Enrique Castro. Ahora, ahora, ahora Quini, ahora más que nunca.