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LEÓN EN VERSO. LUIS URDIALES
15/02/2017

El mundo es para toda esa gente que no se acuerda de la cantidad de trenes que se pierden en los cruces de miradas. Para esos que se quitan de en medio cada vez que emerge por los vomitorios de la publicidad la llamada de la selva a la segunda campaña estacional más importante del consumismo; como si hiciera falta empujar a los mortales a doblarse al gesto del detalle en el día que se pintan corazones de neón y se agotan las reservas para cenas a la luz de la luna de febrero en restaurantes de postín. Hay algo en la vida que resulta indomable para el rigor del raciocinio. Con no querer a quien no te quiera se ahorraba el sesenta por ciento de ese ejercicio espiritual tremendo que arrastra la mirada al interior de los divanes; no querer a quien no te quiera reporta un beneficio para la salud similar al que encontraría la caja de pensiones si la edad del óbito en el reloj de la vida coincidiera en cada caso con la hora de la jubilación. Por suerte, la gente elige la opción de que el verbo se haga carne, y así exponerse a las consecuencias del error que es inherente a arriegarse. Es ley de vida saber distinguir por qué tipo de gente merece la pena cruzar un océano y por cuál no se aconseja ni mojarse la punta de los labios. Por eso febrero es el mes de las flores sin ser mayo. Por eso; porque a los quince años, mientras se hacían garitas a la salida de clase del García Bellido y se pintarrajeaban los cuadernos con comas para detenerse a mirar un rato, no se veía la hora de tener cuarenta; y ahora no se acierta con el calendario, tan lejos de aquellas tardes del primer amor que luego el convencionalismo convirtió en un verso irrepetible al que se le busca la rima en vano. El mejor destino, el bueno, es que dos personas se encuentren cuando ni siquiera se andaban buscando. Sin ese trance fatal que supone el empeño de elegir a alguien sin haber mirado dentro. La mayoría se entrega al catorce de febrero sin saber las cualidades del santo, ni el porqué del patronazgo. Ajenos a que no deja de ser un homenaje eterno y desinteresado al origen de la humanidad desde antes de que se patentara el asiento de atrás del Simca 1000 como canción de compañía. Luego está el proceso evolutivo, perpetuar la especie; un asunto en el que no tiene nada que ver el romanticismo; una cuestión de rentabilidad.