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fuego amigo

Álbum de afectos

 

ernesto escapa
17/11/2018

Al llegar a determinada edad, las encrucijadas de la vida suelen reservar más sorpresas ingratas que felices, porque asomamos a un tiempo en que empiezan a faltarnos algunos de nuestros colegas tempranos, que al cabo son los de memoria menos efímera y permanente. También es verdad que para no estomagar y ayudar a digerirla, la realidad suele combinar aspectos festivos con acontecimientos fúnebres, habituándonos a la expectativa del cambio de tono cuando los días se oscurecen.

Precisamente ayer se celebró en Acebedo el funeral por mi compañero de internado y estudios Emiliano Álvarez Teresa, fallecido hace unos días en Bilbao, víctima del cáncer. Volvimos a vernos hace un par de años, en alguna de las comidas que convoca Nicanor Martínez, en su papel de ancla para nuestros encuentros colectivos en León, después de la lejana convivencia diaria del internado, abrochando con afecto y complicidad los años de distancia que establece el paradero, la evolución y el oficio de cada cual. A partir de ahora, la ausencia de Emiliano, que viene a sumarse a otras pérdidas precedentes, nublará un poco nuestro encuentro navideño.

Pero ya decía que la vida avanza a base de contrapuntos, una alternancia necesaria como engranaje para sostener la ilusión de seguir adelante. Y si del grupo fundacional del seminario me golpeó esta semana una muerte, de la escala sucesiva del Jesús Divino Obrero me alcanzó la noche del jueves la celebración para hoy del júbilo con homenaje como médico de Sariegos de mi veterano compañero omañés Alfredo García, que cumplió sus etapas previas sanitarias en La Magdalena, donde actuó como solícito médico de familia para mis padres, en Murias de Paredes, que es su pueblo de residencia y exquisito laboreo artesanal, en Corbillos, en Gusendos y Villaturiel, hasta remontar al inicial y ya lejano San Esteban de Nogales. También recuerdo de este verano el encuentro en la plaza de las Palomas con otro colega médico del Obrero, Mario González, a quien me localizó poco después Florencio Carrera en Santa María del Páramo, que ya me anticipó su jubilación al concluir este año.

Esta cadena de abandonos profesionales nos va dejando a los resistentes a solas con la nostalgia, sentimiento que no admite la trampa del olvido, pero estimula la evocación del tiempo compartido, aunque en el Obrero mi grupo carece del ancla que fije encuentros y formalice la secuencia de una cita al año como poco. Ahora yo echo en falta la ocasión de recordar las peripecias de aquel tiempo de internado en que fuimos tan felices como obligaba una edad sembrada de expectativas y adornada con proyectos de vida. Una vida laboral que vamos despidiendo con la obligación de no apagar ilusiones ni prescindir de proyectos.





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