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CUARTO CRECIENTE

Alfagrama

 

CARLOS FIDALGO
08/02/2018

Lo llamaban el libro imposible y era un enigma de cuarenta mil palabras que había traído de cabeza a sabios y reyes, a los criptógrafos de la CIA, a los norteamericanos que descifraron los códigos que empleaba el ejército japonés para encriptar sus mensajes durante la Segunda Guerra Mudial, y cuentan que también a un profesor de la Universidad de Pensilvania que se obsesionó tanto con su traducción que terminó trastornado.

Es el Códice Voynich, llamado así por el nombre del anticuario que en 1912 dio con él en la biblioteca jesuita de Villa Mondragone, cerca de Roma. Un libro indescifrable. Imposible de entender durante siglos, que ha pasado por las manos de alquimistas, emperadores, jesuitas y anticuarios hasta terminar en la Universidad de Yale, y tan intrincado que ha excitado como pocos a los amantes del misterio y las teorías de la conspiración.

Escrito hace más de cinco siglos, el Códice Voynich parece una mezcla de herbario, de manual de astrología, de biología y de farmacia, y está lleno de ilustraciones extrañas; plantas, diagramas, símbolos del zodiaco, mujeres desnudas en balnearios, islas conectadas, castillos, ninfas, a veces en páginas desplegables. Todo lo necesario para hacer saltar los cerrojos de la imaginación.

Nada se sabe de su autor. Y nada se sabía del idioma en el que está escrito.

Hasta ahora.

Donde ha fallado el hombre, ha tenido éxito la máquina. Porque ha sido una máquina de inteligencia artificial la que ha resuelto el misterio; el Códice Voynich está escrito en hebreo antiguo.

Pero un hebreo que tampoco se entiende. Ahora creen que todo el libro es un conjunto de alfagramas; palabras o frases donde las letras que las componen han cambiado de orden para complicar su lectura. Y a la espera de dar con un lingüista experto, los programadores de la máquina han probado con una opción muy sencilla para salir de dudas; usar el traductor de Google para concluir que Códice Voynich es, efectivamente, un manual de herbalismo.

Y el enigma construido durante seiscientos años de incomprensión —dan ganas de desordenar todo este artículo— se ha venido abajo con un simple corta y pega y un maldito algoritmo.