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TRIBUNA

Alfredo Marcos Oteruelo, diez años después

 

EMILIA MARCOS.
15/02/2014

Se cumplen diez años del fallecimiento de Alfredo Marcos Oteruelo, profesor, filósofo, escritor, periodista y político leonés.

Como muchos otros de su generación, Marcos Oteruelo (Pozos, 1932) nació en el seno de una familia humilde, en un pueblo aislado, en una España mísera: unos orígenes que nunca olvidaría. Consiguió estudiar Magisterio, Periodismo y Filosofía en Madrid, donde participó en la vida cultural y compartió tertulias y páginas en revistas literarias con escritores como Francisco Arrabal o Miguel Aguilar Merlo. Volvió a León para dedicarse al periodismo en esta casa que fue, durante muchos años, su casa. Como director de Diario de León puso en marcha la reforma de este periódico. Lo modernizó en el fondo y en la forma, apostó —en plena época de la censura— por la incorporación de firmas jóvenes nada convencionales (Francisco Umbral, César Aller, Manolo Nicolás, Pedro Trapiello, Carlos Bernal, José Luis Aguado, Camino Gallego…) y no dejó nunca de defender sus convicciones, lo que provocaría algunos «encontronazos» con el régimen, le acarrearía la suspensión administrativa como director del periódico y a punto estaría de costarle el puesto.

Su frágil apariencia contrastaba con su fuerza y su energía interior, una energía que le llevaba a implicarse, a no desentenderse de nada, tampoco de los problemas ajenos. Esa fuerza procedía, quizá, de una especie de obligación de devolver a la sociedad el privilegio que fue para él haber podido —aun con gran esfuerzo personal— elegir su vida. Tal vez esa fue la razón por la que no quiso quedarse al margen, sino ser parte activa, en cuanto estuvo en su mano, de aquellos cambios que permitieran a otros muchos trocar la vida que «les correspondía» por aquella que deseaban vivir.

Quizá por eso, fue uno de esos hombres y mujeres —profesionales de diferentes ámbitos— que acabarían convertidos en políticos «amateur» por pura vocación de servicio público, con el único interés de trabajar por la sociedad española, en su caso, muy especialmente, por la sociedad leonesa.

Marcos Oteruelo —como tantos otros en aquellos años— arañó minutos a sus días de trabajo para dedicarlos a la cosa pública. Él, desde la derecha, convencido de que defender con determinación sus ideas, supone precisamente entender que los demás también las tienen y abrirles las puertas para que las expresen. Otros, esos mismos días, defendieron sus convicciones desde otros puntos del arco político. Juntos hicieron posible con su implicación, su ilusión y su trabajo desinteresado la transición y la España democrática.

Entonces todo se estaba gestando: los partidos políticos, la Constitución, las autonomías… Y sí, Marcos Oteruelo quiso estar ahí, entre los fogones en los que se cocinaba el futuro del país: en la creación de Alianza Popular en la provincia, en las Cortes constituyentes de Castilla y León, primer parlamento de aquel embrión de autonomía. Pero ese trabajo, al que tantas horas dedicó, no era su medio de vida: ni el suyo, ni el de ninguno de sus compañeros. Les movía el entusiasmo, la confianza en la gente y en el futuro; sin más recompensa que la satisfacción de trabajar en aquello que les ilusionaba y de ver convertidos en realidad –al menos de cuando en cuando– proyectos en los que creían. No, no había sueldos, ni sobres, ni comisiones; al contrario eran los militantes los que avalaban con su patrimonio personal los créditos de los partidos. Eran otros tiempos; eran otras personas, era otra política.

Por eso ahora, cuando tantos se sirven de los cargos públicos para su provecho personal, creo que es un buen momento para recordar a aquellos otros que sirvieron a la política sacrificando, precisamente, una parte de su vida personal; para reivindicar a aquella generación generosa, que se nos está yendo, capaz de obrar un cambio sustancial en este país.

Y es momento, desde luego, de recordar muy especialmente, entre ellos, a Alfredo Marcos Oteruelo, diez años después...



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