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río arriba

El que amaba los Rolling

 

MIGUEL PAZ CABANAS
09/05/2018

Hace un año perdí a un amigo que, durante un tiempo y gracias a los múltiples oficios que había ejercido, me tenía al tanto de la realidad laboral de nuestro país. Juan tenía un don para contar anécdotas y poner el acento en los asuntos más espinosos y reveladores que encontraba a su paso. Desempeñó trabajos modestos en la empresa privada y en la administración pública, concretamente, dentro de la Universidad: no la identificaré, pues en este país te cascan una querella por dudar de virginidades legendarias, o sacar a la luz infamias de prebostes. Diré que hacía las funciones de conserje, aunque contratado por una empresa externa (un emporio familiar con mil tentáculos, salarios miserables y amplio reconocimiento político), gozando desde su atalaya de una visión bastante completa de lo que sucedía en su Facultad. Juan, que aseguraba con voz grave que por la mierda que le pagaban hubiese preferido vivir en régimen de esclavitud (en casa del rector, por ejemplo, a cambio de comida, lecho y calefacción), se pasaba las horas viendo desfilar a todo tipo de técnicos, desde los propios que ejercían la docencia a profesionales de distinto pelaje. Se dejó cautivar por algún profesor asociado que, según me contaba, iba de un lado a otro, cargado de libros y atendiendo alumnos con paciencia y consideración. Luego había otra fauna, integrada por ejemplares que no se sabía muy bien lo que hacían, con horarios de laxitud generosa y competencias que incluían charlas con el propio Juan, de quien también diré que era un conversador curtido e inteligente. Aquellos individuos que trabajaban —es un decir— en algún oscuro departamento, tenían en común una serie de inclinaciones y características capitales: eran dados a criticar ferozmente al Gobierno de turno, no daban la impresión de estresarse nunca y, en la mayoría de los casos, habían obtenido su puesto por ser afiliados o simpatizantes de tal o cual sindicato o partido, sin menoscabo de tener vínculos familiares con algún miembro de la Universidad. Alucinarías con los que hay, y lo desacomplejados que son, me decía Juan con voz socarrona y yo me los imaginaba saliendo de la cafetería con aire petulante, como esos senadores que, en las películas de romanos, miran a la plebe desde la grada con una mueca desdeñosa. No diré que mi amigo no exagerara, pues al fin y al cabo él nunca había cursado estudios superiores, ni mucho menos obtenido un máster en ningún templo del saber. Yo le echaba en cara su parcialidad hostil y entonces él, colocándome una mano en el hombro, recitaba aquella frase que Keith Richards soltara en no se sabe qué circunstancias ni lugar: «He estado en garitos que no se pueden describir con palabras».

   
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