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cuarto creciente

Amable

 

carlos fidalgo
08/11/2018

Un vagón en vía muerta le aplastó contra un muro cuando tenía nueve años. Era el mes de diciembre de 1936, España estaba partida en dos y los médicos tenían demasiado trabajo en el frente. El padre de Amable Arias, ausente, por no decir algo peor, no se alarmó demasiado, pero su madre, Pilar Yebra, insistió en que al niño lo atendiera un especialista y se lo llevaron a León en taxi.

Amable, niño despierto en la escuela de don Felipón en Bembibre, se sometió a catorce «dolorosas operaciones», escribe Carmen Alonso-Pimentel, y sus lesiones le causaron una cojera que le obligó a moverse con muletas el resto de su vida.

Amable dejó de correr por la cuesta del Palacio, por la explanada del castillo y los campos de Pradoluengo, con los demás niños. Y lo que es peor, dejó de ir a la escuela. Cuando la familia se trasladó a San Sebastián, el padre, maltratador, tampoco se preocupó por él. Fue un «alivio» la separación legal del matrimonio.

Amable empezó a tomar penicilina de estraperlo y recibió algunas clases esporádicas de dibujo en el estudio del pintor Martiarena. Acudió a la Biblioteca Municipal para formarse. Leía con avidez porque se dio cuenta, recuerda la mujer que con los años se convertiría en su pareja, Maru Rizo, «que ni siquiera sabía que el pasodoble era español».

Trabajó en el guardarropa del Teatro Principal. Empezó a dibujar, a pintar óleos y acuarelas durante las temporadas en las que volvía a Bembibre, a escribir poemas. Así retrató y escribió de aquel pueblo que ya no existe, y de aquellas gentes que se han ido muriendo. Y amigo del pintor Rafael Ruiz Balerdi, acabó por formar parte del grupo Gaur de artistas vascos que en los años sesenta se abrió paso en las pinacotecas.

Murió en 1984, demasiado joven aún, debido a complicaciones renales. Amable sabía que el tiempo se le agotaba y apuraba las horas delante del lienzo o de una grabadora. Todavía tenía mucho que contarnos.

Amable Arias es una de las mejores cosas que le han pasado a Bembibre. Sus lienzos, sus dibujos, sus «poemas auditivos». Pero mucha gente en su pueblo, el mío también, en el Bierzo y fuera de él, todavía no sabe quién fue. Así que no me cansaré de repetir su nombre.

   
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