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Del amor propio

 

MARINERO DE RÍO EMILIO GANCEDO
05/11/2018

El amor propio sostiene este país. El amor propio sostiene esta economía. En el momento en que ese sentimiento, íntimo y compacto como un diamante, desaparezca, en el momento en que deje de ser amor y deje de ser propio, es muy posible que todo se vaya a hacer puñetas. Y cuando hablo de amor propio me refiero en concreto a ese raro espíritu de dignidad, responsabilidad y deber que anima, que sigue animando, a varios millones de trabajadores españoles a cumplir... pese a todo. A hacer muchas más horas de las que constan en sus contratos, a abarcar bastante más labor de la que les correspondería y a batallar contra un interminable sinnúmero de obstáculos y trabas —así, tributos, burocracias, adelantamientos por la derecha, aluvión de múltiples, pequeñas y engorrosas tareas, necesidad de conciliar los cien ambientes impuestos y las cien necesidades creadas—. Y todo esto cuando no pocos de los que están arriba y más arriba quedan muy lejos de dar ejemplo: el director no dirige, el presidente no preside, el administrador no administra, y así sucesivamente. Solo el currante, el puro currante raso lo sobrelleva con una calma y con una paciencia admirables. Los otros juegan a los dados o a la cartas, barajan números, compadrean cuotas de poder.

Me siguen sorprendiendo la mansedumbre, el silencio y la transigencia de la mayoría de los ciudadanos, su capacidad homérica para seguir tirando del carro... tanto como me repugna la caradura de algunos empresarios, capaces de sacrificar puestos de trabajo por salvarse a sí mismos, su nombre o su mísera reputación, y lo mismo que me inquietan y repelen las acciones de ciertos políticos que atisban cómo la docilidad y la paciencia de las gentes va camino de terminarse... y pretenden sacar partido de ello a fuerza de vender, a partes iguales, humo, miedo y mentiras. Y banderas.

La crisis inoculó un nuevo virus de temor en el mundo occidental, que pensaba que la parábola del bienestar no iba a descender jamás, y la carga intolerable abatida desde entonces sobre el ciudadano de a pie empieza a tambalearse. Muchos desaprensivos se frotan las manos con sus planes para encauzar ese hartazgo. Será negro el día en que a la gente ya no le importe nada el amor propio.




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