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Anillo ibérico

 

fuego amigo ernesto escapa
12/08/2017

Hoy se cumplen 110 años del nacimiento en Tras os Montes, la comarca portuguesa que prolonga nuestra geografía sentimental al otro lado de la raya, del escritor Miguel Torga (1907-1995), candidato al Nobel y visitante deslumbrado de León en 1951. «Un claro de lógica en un bosque de absurdos», anotó de León en su Diario, que es uno de los grandes libros del siglo. Bajaba de Asturias, donde «moros con ametralladoras protegen la civilización cristiana en las encrucijadas», y hace un alto de complicidad en el camino a Valladolid, cuyo Museo de Escultura le acaba pareciendo «una especie de manicomio teológico».

Torga fue el seudónimo de Adolfo Rocha, un otorrino de Coimbra que escogió ese nombre literario en homenaje a nuestro Unamuno y a la tenacidad de las urces. En León, torga significa otra cosa, quizá más sugerente: la presa o retén hecho con tapines para desviar el agua de una reguera. «León es la ciudad española que inspira más esperanza. Abierta y actual, risueña, todo en ella es esfuerzo connivente, tolerancia y gusto progresivo». Ese espíritu la aleja, «igual que un Pilatos urbano que se lava las manos, tanto de la inquietud asturiana como de la intolerancia castellana».

A su paso por León, ve a los jóvenes poetas que se recuperan del naufragio de Espadaña, la revista donde publicó diez Poemas ibéricos y uno de los relatos de sus Cuentos de la montaña. De aquellos encuentros tuvo Gamoneda un ejemplar dedicado de las tempranas ediciones en España de sus poemas y de Bichos, su bestiario de raíz agraria y pastoril, que luego regaló al ministro Molina. Los versos, traducidos por Pilar Vázquez Cuesta para Adonais; los relatos, por Josefa Canellada, la mujer de Alonso Zamora. Pilar Vázquez Cuesta, una de las jóvenes de Espadaña, alcanzará en 1982 la primera cátedra de portugués en España.

«Avenidas amplias, casas limpias, gente acogedora», escribe Torga de esa estancia en León. «Incluso la catedral, airosa, con esas bonitas vidrieras que parecen iluminarle el alma, me ha producido una impresión de optimismo. En vez de una maciza fortaleza de fe, como tantas otras que hay por aquí, me ha recordado una gran antorcha de Diógenes, construida por alguien que quiere buscar en la belleza serena el camino de lo trascendente».

   
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