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NUBES Y CLAROS

La anormal normalidad

 

MARÍA J. MUÑIZ
04/11/2017

Hay realidades que estallan como tapones de cava. Se sabe que están ahí, burbujas comprimidas que presionan un tapón presuntamente inamovible con la fuerza del gas acumulado en mucho tiempo de silencio, oscuridad y vueltas de botella (¿de tuerca?) que parece que no conducen a ningún resultado, pero que al fin explotan. Si no se abren con tiento y conocimiento acaban desdibujadas en alocada cascada que derrocha y borra sus esencias y sus verdades.

Algo así parece que está ocurriendo con la vergonzantemente silenciada realidad de los casos de universal acoso sexual. Salta un tapón en Hollywood y se desatan otros tantos allí y por doquier. Reacciona el mundo con hipócrita máscara de sorpresa.

Y se desborda de nuevo el antídoto contra la hemorragia que escupe dramas a borbotones: poner en duda no ya la verosimilitud, sino la trascendencia de los ¿miles? de casos atrapados en la normalidad, que ven en la publicidad ajena buen motivo para salir a la luz.

Poder, subordinación, estereotipos, desigualdad, precariedad. Lo más terrible: normalización. Violencia diaria y silenciada en lo convencionalmente admitido. Imposible visualizar (mucho menos denunciar) conductas cuando ni siquiera pueden definirse los perfiles del acoso, amparados en un sistema de creencias sexistas que normalizan conductas que violentan hasta el extremo a sus múltiples víctimas.

Nada tienen de normales ni de aceptables. Pero siguen asfixiando con la preocupante revictimización: quienes la padecen deben enfrentar y defenderse a la vez de sus acosadores y de quienes hipócritamente cuestionan su verosimilitud por no haber denunciando antes, lo que obliga a las víctimas a justificar el acoso que padecen.

Encarar las múltiples aristas de la violencia de género sólo desde el punto de vista conceptual puede calmar conciencias legales y políticas; pero esquivar una realidad que sabemos extendida alarmanetemente es inasumible. Más grave aún, normalizada en su anormalidad. Es necesario un esfuerzo por enfrentar la violencia de género (no sólo contra las mujeres) en el que la normalización de las conductas es un imperdonable atraso. Banalizar o cuestionar el sufrimiento de las víctimas no es, de ninguna manera, una salida.

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