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MARINERO DE RÍO

Antes

 

EMILIO GANCEDO
26/06/2017

Era el adverbio por excelencia de aquellos días. Una especie de vórtice o puerta espacio-temporal con la capacidad de transportarte a un mundo en el que todo era distinto y relucía con un raro barniz legendario. «Antes...», pronunciaba aquella gente, y era como si comenzara a levantarse el grueso telón que separaba tu prosaico día a día —levantarte, ir al colegio en el ruidoso autobús de Fernández, pelearte con las matemáticas, perseguir grillos a meadas, bostezar mucho— de un universo en el que cualquier cosa era posible.

«Antes...», empezaban a decir, y tú te preparabas para dejarte envolver por una historia que dejaba muy atrás las películas del oeste y los dibujos de la tele, y mirabas a aquella gente, ahí, tan cerca, al alcance de la mano, con su boina y su faja y sus madreñas, y las blusas negras con pequeños lunares blancos que usaban las agüelas (¿se acuerdan?), y sin embargo transfigurados, transportados muy atrás, mirando hacia adentro mientras hablaban, como si fueran oráculos o profetas.

«Antes...», y removías el culo en la silla, era quizá la hora de la comida en verano —todo reventaba de luz, después habría siesta, bici o río—, o una neblinosa tarde de otoño —castañas, manzanas asadas, baraja de viejas fotos—, y antes... pues antes no había luz ni agua corriente, y las casas del pueblo estaban todas llenas de personal, y se hacía el pan en los hornos, y los lobos se paseaban por las calles como señores, y las pegas sabían romances, y hubo aquí un palacio de señores y dos cantinas y hasta un ambigú con gramola, y hablaban de los Reyes Católicos con tanta familiaridad como si lo hicieran del señor Lorenzo, y de un trozo de papel salía volando un cigüeño. Y era otra forma de estar en el mundo. Quizá sabiendo perfectamente cuál era el lugar que ocupaban en él.

Pero aquel antes ocultaba también cosas terribles, como paseos atroces y sin regreso en mitad de la noche, un camión de la muerte que recorría las aldeas, cobardías de delaciones y rencores, y valentías como la de aquel cura que, ante la pregunta de los facciosos de qué vecinos no iban a misa, voceó: «Aquí a la iglesia va todo Dios», aunque no fuera verdad.

El bien y el mal, los comienzos y los fines, todo se abría, bajo forma de cuentos e historias, nada más oír «antes...».

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