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fuego amigo

Un apolo del Cea

 

ernesto escapa
14/04/2018

El pasado 5 de abril se cumplió el centenario inadvertido del culturista Juan Ferrero Colino (1918-1958), nacido en Puente Almuhey y fallecido en un accidente de automóvil cerca de Burdeos. En realidad, Ferrero se llamaba Fidel, nombre habitual en la nómina leonesa de los pueblos, pero lo cambió en Francia porque no le gustaba su resonancia. El chaval había emigrado a Burdeos con su familia a los siete años, cuando el empleo del padre como escribiente de los pedidos de carbón vegetal empezó a declinar. Aquella fábrica de tizones recibía encargos de la clientela que acudía al balneario de Morgovejo, para León, Palencia, Valladolid y Bilbao.

Puente Almuhey siempre fue lugar de mucho trasiego, por confluir en su comercio las gentes de la montaña levítica de Prioro, Tejerina y Morgovejo, los mineros del Cea y de la Guzpeña, los arrimos desde Almanza y la caída del inmediato valle del Hambre a buscar la estación del Hullero. Por entonces, la chavalería escolar de este pueblo situado en la encrucijada del Cea, incluida la que se desplazaba a diario hasta la preceptoría de Morgovejo, conocía a Fidel como el Negro, quizá sólo por su tez morena o acaso también por malicia, aprovechando para el mote los tiznes del carboneo.

Ya en Burdeos y con apenas quince años, Fidel da muestras de una extraordinaria capacidad atlética, destacando en diferentes pruebas de atletismo y gimnasia. Es entonces cuando resaltan sus primeros logros: once segundos en cien metros lisos; salto de longitud sin carrera y con los pies juntos de tres con quince metros; y subida por una cuerda lisa de siete metros en cinco segundos, con las piernas en escuadra. En los amenes de su adolescencia, empezó a practicar fisioculturismo, consiguiendo ya en 1937 la distinción como Mejor Atleta de Europa. También probó entonces sus habilidades como halterófilo, batiendo el récord mundial en la categoría de peso muerto con un brazo: 90 kilos.

A los 21 años se casó con Magdalena Martínez Cuadros, bailarina andaluza, y ya en 1943 obtuvo el bronce en la competición de míster France. Nueve años después, en 1952 y en Londres, consiguió el título profesional de Míster Universo, que se convocaba por vez primera. A pesar de su eco internacional, en España quedó amortiguado por la condición de emigrante con una familia poco afín al régimen. Sin embargo, Ferrero nunca ocultó su origen y siempre mantuvo la nacionalidad española. Ya retirado, abrió en Burdeos el Institut Ferrero, donde se dedicó a dar clases. Con los 40 cumplidos, su Dauphine se salió en una curva y volcó, siendo la única víctima de los cinco ocupantes. Sus hazañas fueron rescatadas por el culturista Abeigón, quien promovió el bautizo con su nombre de la calle principal del pueblo.