+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario Diario de León:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 

LEÓN EN VERSO

Arde Xaudella

 

luis urdiales
16/05/2018

Cuando oscurecía, la aureola de la lumbre se pudo apreciar en cualquiera de las lomas de escolta a capital leonesa; luego, llenó el firmamento; otro espectáculo para el ojo humano, fascinado de siempre, desde la primera luna, por el resplandor del fuego; otra función gratis para el que agitó el mechero, mientras la tensión del peligro dejó sin resuello a los vecinos de la zona; otra gala que se tendrá que costear a cargo de la cuenta corriente del patrimonio natural leonés. Asombra la facilidad con la que se puede cometer una fechoría después de la partida de cartas y disfrutar de la velada desde la terraza de casa, mientras el fruto de la canallada alumbra la bóveda celeste. Van a por el monte, que resulta el último sustento que le queda al medio rural leonés para evitar esa sentencia a muerte que pesa sobre su cabeza. El primer fallo en la cadena de lucha contra los incendios es que se cuantifican por el coste; el de levantar el helicóptero; el del traslado del Canadair al paso cansino de Túpolev; el del despliegue de la Unidad Militar de Emergencias; y, sí; la cuenta, incluso sin iva, suma y sigue hasta echarle el aliento en el cogote a una cifra con seis ceros. Pero la factura -la fractura- que más interesa está en el valor de lo que segó el delincuente que chiscó la cerilla (único culpable e inductor del desastre; no el viento, ni la yesca, ni la retama, o la consejería de medio natural); en el daño que al fin es pasto para retroalimentar su psicopatía. De momento, nadie alcanza a cuantificar todo lo que aporta un roble, un solo roble, entre los miles que se hicieron cisco el fin de semana, mientras un ecosistema secular se volatilizaba en una columna volcánica que llegó a mimetizarse con las nubes. En línea con la latitud que dejó el manchurrón del incendio, en ese claro oscuro del tizón entre el verde de la hoja que no acaba de romper, se expande una masa arbórea ininterrumpida que da cobijo a León, de oriente a poniente. Este mayo, empezaron por el Curueño, uno de los espacios designados paraíso por el dedo de los dioses. El cainismo leonés es muy de echar mano de la quema para asolar todo lo que no domina; lo mismo calcina los sotos de la mítica Celama que transforma en un bosque de antorchas el pinar de Xaudella. Hasta que se extingan las ardillas, que tenían en León una autopista hacia el cielo.

   
Escribe tu comentario

Para escribir un comentario necesitas estar registrado.
Accede con tu cuenta o regístrate.

Recordarme

Si no tienes cuenta de Usuario registrado como Usuario de Diario de León

Si no recuerdas o has perdido tu contraseña pulsa aquí para solicitarla