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EN BLANCO

Aroa y Cristian

 

javier tomé
06/08/2017

Dijo el sabio que el matrimonio es el único gran disparate que se puede hacer en público, con el consentimiento aprobatorio de dos familias. Pero, en fin, la tradición manda y tirando del repertorio clásico mis amigos Aroa y Cristian han quedado unidos por el vínculo conyugal, en una ceremonia con ambiente bonancible y atmósfera de severa decencia. Los resultados estuvieron a la altura de las expectativas, ya que el amor es el único punto de acuerdo entre un hombre y una mujer que, normalmente, están en completo desacuerdo con respecto a todo lo demás. Así iniciaron su libro de la vida en común, una vez cumplimentado un ritual que se solventó con especial júbilo y armonía. Por temperamento y convicción soy bastante refractario al desfile de carantoñas y camaraderías asociado a una boda, al ser consciente de que el amor es ciego pero el matrimonio le devuelve rápidamente la vista. En esta ocasión cedí y, después de ajustar la logística, ejercí de mano que mece la cuna o de predicador de todo a cien en una ceremonia que, por lujo y ostentación, fue digna de los tiempos de la caballería andante.

Puesto que hasta el rabo todo es cola —de novia, claro—, estuve muy centrado en mi tarea pastoral y recordé a los contrayentes algunas de las más escogidas perlas que figuran en la Biblia, más concretamente en el aleccionador libro de los Proverbios. Por poner un ejemplo, que la cadena del matrimonio pesa tanto que se necesitan dos, y demasiadas veces tres personas, para llevar el tema con alegría. O prohibir tajantemente al flamante esposo que difundiera, por las barras de bar, el dicho de que la esposa otorga al marido dos días de auténtica felicidad. El de la boda, claro, y también el de su entierro. Estuve ayudado en los siempre espinosos protocolos legales por Paloma, Mateo y Silvana, fiel infantería que luego, ?tras el generoso ágape, disfrutó de lo lindo con el baile de moda del verano: el de la zariguella, lo baila él y lo baila ella. Muy divertido colofón para una velada que, por muchos y válidos motivos, pervivirá para siempre en el imaginario familiar.

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