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Asobecat

 

LA GAVETA CÉSAR GAVELA
22/01/2017

Desde hace bastantes años, los bercianos que viven en Cataluña, han creado una asociación de amor, compromiso y añoranza por su tierra natal. Pero también, de implicación y protagonismo en su tierra de acogida. Los bercianos catalanes han sabido hacer muy bien algo que no es tan fácil, y que a la vez es imprescindible cuando uno vive lejos de su cuna. El trabajo que consiste en sumar a su identidad de origen berciana, su adquirida condición de ciudadanos catalanes. Porque una cosa es el corazón y otra la razón. Y si el corazón es berciano, es la razón la que les ha llevado a participar, con provecho, en la vida social, económica o cultural de Cataluña.

Esa es la labor del inmigrante. Callada, a veces dura y siempre meritoria: ir creando día a día su nueva y doble condición. En la que nunca va a perder los rasgos y matices de la persona que pasó la infancia y la juventud en el Bierzo. Porque no se deja de ser berciano, como no se deja de ser gallego, asturiano, escocés o siciliano. Bien lo sabe mi amigo el faberense César Argüelles, promotor insigne de la asociación de bercianos de Cataluña. Viajero incansable entre Barcelona y el Bierzo.

Asobecat es un ejemplo colectivo de ese doble reto que debe abordar el inmigrante. De ese sobreesfuerzo, si queremos decirlo así. Porque el que viene de lejos parte en desventaja cuando llega a una sociedad cuajada, antigua y legítimamente orgullosa de serlo, como ocurre en Cataluña. Pero, claro, al final de la jornada, cuando cada berciano de Barcelona, de Lleida, de Tarragona o de Girona mira hacia su interior, pues allí están, también, y muy esencialmente, los colores y la memoria de la tierra natal, sus aromas, los paisajes más cálidos para su alma, la entonación del idioma… Tanto y tanto que nunca le abandonará. Y que con el tiempo, curiosamente, en lugar de decrecer, aumenta. Y ennoblece. Eso es lo que hacen en Asobecat, que acaba de celebrar su gran fiesta anual, en la que la asociación distingue a un berciano ilustre de entre los que viven en Cataluña. Reconocimiento que antecede a una colosal orgía de botillos y de otros alimentos y vinos del Bierzo.

Estuve en esa reunión cuando el homenajeado fue Ramón Carnicer, ya fallecido entonces, y presencié un acto multitudinario y bercianísimo, lleno de cordialidad y convivencia. En el que había muchos catalanes también, de nacimiento. Unidos a la fiesta, unidos a la armonía. Y pienso en Ramón Carnicer, el hombre más universalista que he conocido, y, a la vez, el más berciano. Su voz era música del Burbia y del Valcarce después de 67 años en Barcelona. En él se fusionaban, tan bellamente, el amor a la tierra natal y el interés por cuanto sucede en el mundo, no solo en Cataluña o en España. Ser berciano cabal y consecuente es ser universal. Es abrirse al mundo; es no tener miedo; es no perder nunca la esperanza.

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