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Atraco perfecto

 

RÍO ARRIBA MIGUEL PAZ CABANAS
03/01/2018

Tengo un amigo que, con el año nuevo, ha decidido reorientar su voto en función de que algún partido le resuelva una necesidad muy concreta. Desconfía de la gestión que, en general, hacen los políticos de la cosa pública y da por hecho que las cuestiones económicas, en contra de lo que nos venden, no dependen de su habilidad, sino de los designios del Banco Central Europeo, del precio del crudo o de las maniobras de Maese Trump y del Gobierno Chino. Llegado a este punto, estaría dispuesto a votar a cualquier partido (incluyendo troskistas, falangistas y mendiopensionistas) que, de una vez por todas, acabara con la impunidad de las empresas de telefonía móvil. «De ese atraco perfecto» que les han permitido montar, añade, a costa de los mortificados, humillados y aturdidos consumidores que han contratado alguna vez los servicios de una de esas compañías. El calvario de mi amigo, como el de millares de españoles, no es ya darse de baja de un operador (se cree que existe un afortunado que lo consiguió después de simular su propia muerte y enrolarse en una secta de hombres calvos), sino que le resuelvan una reclamación con la que lleva peleando desde hace varios meses. Por si fuera poco, ha recurrido al socorro de la administración, lo que ha multiplicado por diez su cabreo y su ansiedad. Está a punto de arrojar la toalla, es decir, de rasurarse el pelo, pero me pide que escriba este artículo como estéril forma de desahogo.

Lo que mi amigo no quiere confesarse, pero sospecha, es que nunca podrá salir de esa kafkiana y maligna tela de araña. Que le seguirán dando largas, mintiendo con descaro, o planteando ofertas más falsas que los billetes del Monopoly. Que continuará siendo víctima de una de las estafas más diabólicas del siglo XXI, con el permiso y la connivencia de quienes, se supone, deben velar por nuestros derechos. Y que hasta el día que desaparezca de este mundo (algo que no sucederá con su contrato, que irá pasando como un virus pegajoso de sus hijos a sus nietos), tendrá que oír al otro lado del teléfono a seres que parecen secundarios de una película de terror.

A estas alturas, solo le queda un último cartucho, una desesperada llamada de auxilio en el desierto: suplicar a los que trabajan en algunos departamentos de esas compañías que, en la medida de lo posible, se busquen otra ocupación: que dejen de engañar a ciudadanos inocentes y anónimos; que, si conservan un vestigio de dignidad, abandonen ese sistema perverso donde, además, les pagan una mierda. Es infinitamente más honrado proporcionar cadáveres al ayudante del Doctor Frankenstein, que interrumpir la siesta de un anciano con una llamada plagada de medias verdades o mentiras flagrantes.

   
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