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TRIBUNA

Auschwitz en Madrid

José Antonio García Marcos psicólogo clínico y escritor. Uno de sus últimos libros se titula: ‘Hadamar, Treblinka y Auschwitz: De la eutanasia a la solución final’
28/12/2017

 

Desde el 1 de diciembre y hasta el 17 de junio se puede visitar en Madrid una detallada y bien documentada exposición que pretende acercar lo que representa el campo de exterminio de Auschwitz a varias ciudades europeas con la intención de transmitir un legado que tanto alemanes como europeos debemos sobrellevar sobre nuestras conciencias.

El régimen de Hitler, que llegó al poder en la Alemania convulsa de 1933, tuvo desde un principio dos objetivos prioritarios. Por una parte, ampliar el espacio vital (Lebensraum) que necesitaba la raza aria para alcanzar la supremacía mundial y, por otra, y a nivel interno, realizar una ambiciosa y criminal purificación racial. Una raza que se proponía dominar el mundo tenía que deshacerse de todos aquellos miembros inútiles que contribuían a su degeneración.

Para lograr el primer objetivo era necesario un ejército numeroso y bien equipado que rompiera con las limitaciones que le imponía el Tratado de Versalles. Para el segundo, era imprescindible la colaboración de la medicina alemana. Lo dijo el mismo Hitler en un discurso rodeado de médicos: «Puedo prescindir de ingenieros, de abogados o de constructores, pero de vosotros, médicos nacionalsocialistas, no puedo prescindir en absoluto. Si me falláis, todo está perdido». Medicina y nacionalsocialismo formaron una simbiótica y mortífera relación desde sus orígenes.

La primera medida en la que los médicos nazis tuvieron que emplearse a fondo fue en la aplicación de la ley de esterilizaciones masivas que el régimen promulgó en julio de 1933. Cientos de miles de alemanes y alemanas tuvieron que pasar por el quirófano, la mayoría llevados a la fuerza por la policía, para verse privados de su derecho a la paternidad o maternidad porque podrían transmitir a su descendencia alguna enfermedad. La segunda, iniciada tras la ocupación de Polonia y el inicio de la guerra, fue el programa de eutanasia que autorizó Hitler de forma secreta y que acabaría con la vida de más de doscientos mil enfermos mentales y discapacitados físicos.

Las cámaras de gas en la Alemania nazi se instalaron primero en seis manicomios estatales con el fin de eliminar a los que ellos consideraban ‘bocas inútiles’. Las enseñanzas que sacaron de esta aventura criminal contra los seres más desfavorecidos e indefensos la aplicaron después al exterminio de los judíos europeos que vivían en las zonas conquistadas por el ejército alemán. Es decir, la solución a la cuestión social, a qué hacer con las personas que no se valían por sí mismas, precedió y fue el laboratorio de pruebas para la solución final a la cuestión judía. Si el manicomio de la ciudad de Hadamar representa la masacre de la eutanasia nazi, el campo de exterminio de Auschwitz simboliza el Holocausto judío. En Auschwitz los médicos jugaban también un papel de primer orden al ser, por una parte, los encargados de la selección de los judíos que llegaban para ser exterminados, algunos previamente a la muerte había que explotarlos laboralmente y, por otra, realizar con los internos macabros experimentos médicos con el fin de allanar el camino al imperialismo alemán.

Es cierto que Auschwitz, Treblinka y el resto de las fábricas de la muerte fueron ideados y ejecutados por el nacionalsocialismo alemán pero sus devastadores consecuencias, más de cinco millones de judíos vilmente asesinados, hubieran sido impensables sin el colaboracionismo de las autoridades civiles y policiales de los países de origen de las víctimas. El Holocausto, por tanto, trasciende la responsabilidad de los alemanes y supone una tragedia europea que debe ser siempre recordada, sobre todo a partir del momento en que desaparezcan físicamente los últimos supervivientes que todavía siguen con vida.

Y es aquí donde radica la importancia de esta exposición itinerante por varias capitales europeas. Como decía Theodor Adorno, citado en la misma exposición, «todo debate acerca de los ideales de la educación resulta trivial e intrascendente comparado con un ideal tan sencillo como este: que no haya nunca más un Auschwitz». Prevenir que semejante orgía de sangre y destrucción vuelva a ocurrir es una tarea de todos y, sobre todo, del proceso educativo.

Aquellos que no puedan visitar el campo de exterminio de Auschwitz en Polonia, con esta visita a la exposición que ahora se muestra en Madrid se pueden hacer una idea de la tragedia que supuso su existencia.

Ahora que vivimos tiempos en los que las mentiras circulan por las redes sociales como si fueran verdades absolutas, conviene recordar la gran mentira que daba acceso al universo de Auschwitz : Arbeit macht frei, es decir, el trabajo os hace libres cuando, en realidad, debería haber dicho: el trabajo forma parte del proceso de vuestro propio exterminio.

La Europa actual, con sus luces y sus sombras, sigue siendo un proyecto adecuado de paz, de convivencia y de progreso que, sin embargo, se siente de nuevo amenazado por las mentiras, por los nacionalismos egocéntricos, como el que encarnan los separatistas catalanes, y por un populismo que busca soluciones simples y radicales a problemas complejos.

Por eso, querido/a lector/a, si pasas por Madrid, tómate tu tiempo y sumérgete en esta interesante y didáctica exposición de la cual no saldrás indiferente. Es un viaje a un pasado no lejano, posiblemente no apto para personas sensibles, pero que, sin embargo, merece la pena para comprender los límites del sufrimiento humano.

 

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