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NUBES Y CLAROS

Las ausencias

 

MARÍA J. MUÑIZ
02/12/2017

No me recorrió el escozor en la piel, la certeza de que os habíais ido, hasta que ya no estabais. El escalofrío de los espacios vacíos. La evidencia de que algo ha cambiado para siempre. Nacen tallos nuevos a la vez que se quiebran raíces con las que he crecido en lo personal y en lo profesional.

Raíces, las que no se ven. Esas que tienen el poder de arraigarte, de abrigar lo vital para seguir adelante. El follaje florece, pudre y cae; a veces se renueva vistoso y otras se agosta. Pero no hay planta que resista sin raíz poderosa, ni persona que no crezca o quiebre en los muchos recovecos de la vida si no atesora la fortuna de estar sustentada por gentes de bien, compañer@s en cuyo hombro descansar y de cuya fuerza alimentarse cuando parece que no hay salida.

Hace unas horas charlaba con un fenómeno del análisis de aconteceres económicos, si es que tienen alguna diferencia con la vida misma, de cómo han cambiado las cosas en este orgulloso y muy vital decano de la prensa leonesa. Le confesaba que cuando en la nave de Diario de León se paró para siempre la rotativa, en cierto modo se esfumó el alma del periódico. Desapareció el olor a tinta y el trajín de planchas, la tensión de parar máquinas cuando algo lo merecía. Perdimos a los compañeros nocturnos, que dejaron el paisaje inhóspito y muerto del final de una nave industrial. «Nos convertimos entonces en una oficina», le confesé. «Lo importante son las ideas, no las máquinas», me consoló en su afán de rentabilidad. No. Yo hablaba del alma.

Mucho antes de eso, cuando llegué temblando con tanta ilusión como timidez al esqueleto industrial se levantaba en Lucas de Tuy, la enorme barriga que ya acunaba Camino (entonces le llamábamos Rodrigo, la ciencia no había avanzado lo suficiente como para desvelar que lo que venía era la despampanante Elvira) subía y bajaba a toda leche por las escaleras metálicas de la redacción a la rotativa. Luego llegaría la dulce Eva. Desde entonces la he tenido conmigo.

Como a Mario, abuelo sin haber dejado de ser ‘el Niño’, en su permanente cachondeo ojo avizor con mi peregrinaje para ver por qué impresora había decidido el sistema escupir esta vez mi página.

Esta semana emprendieron el feliz camino de la vida sin horarios ni disputas laborales. Les conozco, no dejarán de pelear nunca. Confío en que a partir de ahora sólo luchen por exprimir cada minuto de lo mucho que les queda por vivir. No se van, se quedan para siempre. Pero fuera del convenio. ¡Ale, a disfrutar!

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