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MARINERO DE RÍO

Baile con la mía

 

EMILIO GANCEDO
06/08/2018

En la cuenca minera, en ese mundo a la vez cerrado y abierto donde la vida se dividía entre el tajo, la colomina, el economato y la taberna, se organizaban también bailes y festejos, y era en ese momento en el que ambos mundos —el de arriba y el de abajo, jefes y machacas—, se juntaban bajo un mismo techo a la sombra vigilante de las siglas de la empresa, sobrenatural madre nutricia. Y daba pie la cosa a encuentros insólitos que delataban mentalidades, visiones del mundo, concepciones del espectáculo que cada uno ha de desempeñar en la pista central del circo de la vida.

Sorprende un poco, y tratamos el asunto este sábado tras el IV Encuentro de las Letras de Babia y Luna, la falta de una gran literatura sobre el universo minero en estos valles nuestros, un relato que hubiese dejado memoria, rastro y estela creativa de una cultura, de todo un planeta físico, económico y sentimental. Ahora que echan abajo sin pudor ni sanción alguna elementos del patrimonio industrial —incluso protegidos por su carácter de testigo señero—; ahora que el ingente volumen documental de una de esas empresas que funcionaban como auténticos estados-nación está en serio riesgo de perderse por el desinterés absoluto y negligente de las administraciones, es cuando debemos echar la vista atrás y comprender y valorar qué ha supuesto la mina para estas geografías. Y mientras tanto, quizás, leer y releer El palacio azul de los ingenieros belgas, de Fulgencio Argüelles. Y a partir de ahí ir descubriendo —abriendo y entibando galería— otros títulos, que los hay (La senda de aquella mina, de Piorno; Mineros, de Gonzalo G. Rubio...), muchas otras novelas y cuentos sobre los pozos leoneses y asturianos que precisarían de más resonancia, de un mayor escenario.

Pero volvamos a la fiesta. Decíamos que la empresa lo era todo y el patrón, una especie de semidiós descendido de los cielos en forma humana. Los dueños, ingenieros y similares se abrían paso entre personajes de servilismo lamentable que les salían al paso, puestos intermedios o capataces con corbata amarilla, y uno de estos, al ver que el patrón estaba solo mientras sonaba la música, no lo dudó un instante: «Baile con la mía, don Manuel», le dijo. Decididamente, hay cosas que no cambiarán nunca.

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