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cuerpo a tierra

Barrer la madriguera

antonio manilla
10/01/2018

 

A cada generación le llega un momento en que pasa de querer reformar el mundo a simplemente conservarlo como está. Un momento en que deja de pensar en el presente y lo hace en el futuro, en la herencia que va a dejar a sus hijos. Y, por ello, vuelve su mirada al pasado, al que contempla con otros ojos. Casi con arrepentimiento, podríamos decir. El sentimiento revolucionario, que esencialmente consiste en exigir que el futuro ocurra ahora, está en los antípodas de este nuevo estado de cosas que tratamos de acotar. Porque la idea revolucionaria siempre es optimista: considera que el cambio es beneficioso por necesidad. La postura conservadora, a la que cada generación llega tarde o temprano, nace de una decepción a la que algunos llaman conocimiento del mundo y otros, simplemente vida.

Bertrand Russell consideraba que los grandes motores del progreso son dos: el deseo de entender el mundo y el de reformarlo. La pérdida del segundo de esos impulsos, supone de forma implícita el fin de las utopías capaces de trocar de un plumazo el panorama, pero no cierra las posibilidades al ánimo de superación del estado actual de la sociedad. Ese conjunto de cosas que, como la realidad, tiene siempre la mala costumbre de ser. A quienes aspiran a disecarlo se les llama inmovilistas y a quienes desean abolirlo, revolucionarios; en la horquilla que conforman esos dos extremos, hay unas cuantas posibilidades entre las que destacan el liberalismo y la socialdemocracia (que es algo más que renunciar a tomar los cielos por asalto). El anhelo de entender el mundo que el pensador británico consideraba favorable al progreso, uno lo recetaría como medida de superación personal, especialmente ahora que la enseñanza no parece estar mucho por la filosofía. Porque, además, sus resultados no afectan sólo a lo individual: creo que de la aspiración a entender nuestro alrededor nacen, además del conocimiento, las civilizaciones. Filosofía contra la barbarie.

Tanto en lo individual como en lo colectivo, hay un momento para querer cambiar de forma súbita el mundo y un momento —viene a coincidir con la madurez— para advertir que es el momento de dejarse de pamplinas y grandes relatos, porque la única transformación posible es la de uno mismo. La evolución, que es una revolución sin reprise, pero por lo común mucho más duradera. Para cambiar el mundo, lo mejor es comenzar haciendo reformas en la madriguera.

 

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