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TRIBUNA

¡Basta ya!

ara antón escritora
21/03/2017

 

Seguro que todos hemos visto las imágenes de un «macho» golpeando y pateando a una frágil adolescente de diecisiete años; y no es el único. Este caso ha salido a la luz recientemente pero, por desgracia, con la delicadeza que estamos tratando el problema, no será el último. El canalla arrastra y patea a una delgadísima muchacha, que se deja hacer sin defenderse y que, para más vergüenza, cuando él se aleja, lo sigue.

¿Delgadísima? Y ¿qué tiene que ver eso con el asunto del maltrato? Pienso que mucho. Esta sociedad, cada vez más machista y violenta que nos ha tocado vivir, ha impuesto como ideal la imagen de la mujer flaca y desnutrida. Si alguna fémina quiere encontrar trabajo, representar algo o simplemente mostrarse en público por la razón que sea, ha de comenzar por matarse de hambre para entrar en la preceptiva talla 36. Nos adoctrinan constantemente con esa idea. Hasta han conseguido comenzar los telediarios con las presentadoras de pie, llevando vestidos ajustados, para que quede claro que es así, y no de otra forma, como hay que ser. Sin duda, el sueño de un varón henchido de testosterona, que ve en esas muñecas sin fuerza ni resistencia un juguete al que sujetar en un puño.

Efectivamente, el hombre ha sido pensado originalmente para la defensa del clan. Sus niveles de agresividad son altos porque su rol en el pasado así lo requería. Pero no estamos ya en las cavernas, ni siquiera entre los legionarios romanos, los cruzados o los conquistadores. No. Eso parece que ha quedado atrás. ¡Dios lo quiera! Pero nuestra hipócrita sociedad cree que, ignorándolos, esos niveles bajan por sí mismos. Mas no es así. Es preciso una rígida educación, que haga entender a los chicos que sus potencialidades pueden orientarse a otros objetivos: deportes, desafíos a un mismo en la consecución de metas o ayuda a los débiles, léase ancianos, niños, enfermos y sí, también a mujeres porque no todas somos autosuficientes, ni podemos levantar grandes pesos o cortar leña para la chimenea.

Pero es mejor callar; incluso mucho mejor hablar con palabrería hueca, que parece querer decir algo. «¡Qué denuncien!» Ya. ¿Y...? La denuncia está en curso. Orden de alejamiento y tal. ¿Y...? Pues nada. Si el hombrecito es obediente, igual sólo les raya el coche, les rompe los retrovisores o las persigue de lejos cuando van al trabajo, si es que lo tienen, porque si no, nadie se ocupa de si pueden o no mantener a sus hijos. Eso, si es obediente; de lo contrario, el día menos pensado la alcanzará en la calle, en la escalera, en el portal o donde le dé la gana, y la pateará, y entonces la justicia lo castigará con ocho meses de cárcel y 600 euros de multa. Como al salvaje del vídeo. ¿Nadie se ha percatado de su agresividad descontrolada, que pudo llevarlo a reventarle la cabeza de una patada? Ya, pero no lo hizo —esta vez—. Decidido: ocho meses y 600 euros. ¿Y por esa nimiedad va a privarse del placer de mostrar lo macho que es? Y puede que otros decidan ir más allá, matándolas, y nadie llegará a tiempo para defenderlas, aunque luego los políticos de turno se exhiban para la foto, haciendo un minuto o tres horas de silencio.

Ese no es el camino. El primer paso es la educación sin paliativos, orientando a la acción positiva a todos esos chavales que se enfangan en el tedio de su falta de responsabilidades y sobra de libertinajes, a los que nadie se atreve a poner coto porque «luego igual no votan». Y si eso no es suficiente, los castigos han de ser ejemplares y además donde más duela: en el bolsillo; y si este está vacío, en servicios a la comunidad. Pero claro, ya sé. Otra vez soy políticamente incorrecta. La libertad y los derechos del maltratador ¿dónde los he dejado? Eso no puede hacerse en una sociedad... Iba a escribir democrática, pero creo que voy a decidirme por estúpida e hipócrita, a la que interesa más la imagen y la palabrería que la realidad.

Estos cuentos terminan llevando a la desesperación a las víctimas, que, ante su abandono, acaban matando, ellas también, hundiendo su vida o lo que quedara de ella, al acabar con el animal al que han visto torturar a su madre durante toda su vida. No es bonito, ni siquiera conveniente, ya lo sé, ponerlo en palabras, pero quisiera saber cuántas lágrimas se han vertido por ese acto que acabó definitivamente con la constante humillación de una familia, a la que ahora se va a castigar por decir «¡Basta ya!»

¡Qué libres, comprensivos y felices somos! Ni siquiera se nos pasa por la cabeza ahondar en los motivos de un cura gracioso que, en el colmo de la zafiedad, se disfraza en Carnaval de jefe de «conejitas», porque «fue una broma y nada más». ¿Seguro que fue una broma? ¡Seguro, seguro! Aunque nada o poco tenga que ver con el tema, puede servir de ejemplo. ¿A nadie se le ocurre preguntarse por qué eligió ese disfraz y no el de la bruja de Blancanieves? ¿Qué hay detrás de ese acto? Permisividad extrema, que lleva a los caprichosos a hacer lo que les viene en gana.

A estas líneas, mientras se escribían, ya las alcanzó otra barbaridad. Una mujer, embarazada de siete meses, se desangra en una escalera. De momento, su bebé ha muerto. Y sigue la cuenta.

En palabras de Jung, «Lo que las naciones hacen, eso hace también el particular, y en tanto lo hace el particular, hácelo también la nación».

 

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