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TRIBUNA

Buenos en perder talento, malos en atraerlo

 

Buenos en perder talento, malos en atraerlo -

Eloy Bécares Mantecón Profesor. Universidad de León
13/01/2018

Hace unos meses escuchaba por la radio que la fundación de un conocido banco había concedido unas becas a los mejores egresados de unos estudios técnicos para que emigrasen a Estados Unidos a continuar su formación. Tanto la locutora como los estudiantes celebraban la noticia, y en el ánimo de la mayoría de los que la escuchaban estoy seguro que habría un sentimiento de alegría por los agraciados.

Pero la noticia no tenía nada de alegre porque en el fondo continuaba evidenciando que, como sociedad, seguimos asumiendo que el que vale tiene que marcharse para poder triunfar. De hecho, los organismos públicos y privados que financian ayudas para la búsqueda de talentos científicos y técnicos son fiel reflejo de esta mentalidad al subvencionar prioritariamente la emigración del talento, y no la inmigración. Esta actitud derrotista no abunda en sociedades más desarrolladas. Organismos e instituciones de investigación en otros países no fomentan la pérdida de sus talentos con ayudas y becas para que emigren sino todo lo contrario, invierten todos sus recursos para atraerlos y retenerlos, vengan del país que vengan.

Si en algo están de acuerdo todos los especialistas en el fomento del desarrollo, es que las sociedades no necesitan de grandes infraestructuras ni obras faraónicas, algo en lo que tienden a centrarse todos los políticos y gobernantes, lo verdaderamente importante es atraer a las mejores mentes y favorecer la colaboración entre ellas, lo que en otras palabras se conoce como mantener y fomentar el capital humano, una asignatura aún pendiente para la mayoría de nuestros dirigentes.

Al contrario que nosotros, que favorecemos que los mejores se vayan, los países que quieren desarrollarse llevan décadas en una guerra por la atracción de talento. Esta guerra se está acentuando con los años como consecuencia, entre otras razones, de la caída de la natalidad y del dominio de una política universitaria que prioriza el utilitarismo. Cada vez hay menos estudiantes, y con menos vocación por la investigación y la innovación. Además, los países que hace años eran fuente de talento, como China o Corea, empiezan a ser fuertes competidores por el mismo.

Nuestra mentalidad provinciana y etnocentrista es la responsable de que cuando administraciones, universidades u otras entidades, convocan ayudas, becas o cualquier oferta para atraer a los mejores, se incluyan normas que lo único que hacen es seleccionar a los que cumplen administrativamente dichos requisitos, no a los más adecuados para el puesto. ¿Alguien se imagina al Instituto Tecnológico de Massachusetts, o a cualquier empresa de Silicon Valley solicitando investigadores o trabajadores cuyo requisito sea tener nacionalidad norteamericana?, ¿O que ellos o sus familias hayan nacido o estén empadronados en Boston o San Francisco? ¿O que no hayan tenido un contrato de trabajo el último año? ¿O que su edad esté entre los 25 y los 30 y que hayan terminado la tesis en un año concreto? Varios de estos requisitos, y otros todavía más restrictivos y absurdos, pueden encontrarse en cualquiera de las convocatorias que fundaciones, ministerios, universidades, comunidades autónomas, o incluso ayuntamientos, lanzan para, en teoría, favorecer la atracción de las mejores mentes. Un ejemplo reciente, la Junta acaba de publicar su oferta para contratar a estudiantes de doctorado, pero sus condiciones impiden que nuestras universidades puedan atraer a los mejores extranjeros, lo que hace imposible compensar la fuga de los nuestros.

La visión localista en la selección de personas es contraria al desarrollo. Atraer talentos no solo no es competencia para los talentos locales, que siempre podrán optar al puesto, sino que la selección de talento, venga de donde venga, favorece la atracción de más talento y la generación de riqueza a través de sus actividades, productos y creaciones. Sabemos muy bien lo que habría que hacer para atraer talento, pero no hay voluntad para hacerlo bien. La atracción de talento requiere una mentalidad y estructura meritocrática, pero nuestra sociedad es fundamentalmente clientelar. Queremos a los mejores, pero solo si son de los nuestros.

Las universidades, los centros que más deberían fomentar la atracción de talento por su innegable papel en el desarrollo, adolecen de los mismos problemas burocráticos y de mentalidad que el resto de nuestra sociedad. Es casi imposible conseguir que una universidad española fomente la contratación de profesores e investigadores extranjeros de forma estable como lo hacen las universidades del mundo anglosajón. De hecho, según la Comisión Europea, poco más del 2% de los profesores de la universidad española son extranjeros, frente al 25% en Reino Unido o el 43% en Suiza.

Las consecuencias de esta internacionalización son evidentes, por poner un ejemplo el 31% de los premios Nobel norteamericanos entre 1901 y 2015 nacieron fuera de USA, un porcentaje que casi triplica el de la población total inmigrante que llegó a ese país en dicho periodo. Actualmente las limitaciones impuestas por las políticas de Trump y del brexit están reduciendo la entrada de talento, pero varios países han visto una oportunidad a estas políticas. Por citar algunos ejemplos, Francia ha desarrollado un programa para que los investigadores extranjeros no aceptados puedan ‘refugiarse’, y Nueva Zelanda ofrece casa y sueldo a los que no puedan entrar en USA.

En nuestro caso, la falta de inteligencia política y social, la misma que favorece y se alegra de exportar a los mejores, ha imposibilitado el cambio de mentalidad y condiciones para la atracción de talento después de la crisis; y ello pese a que España sería uno de los países preferidos para venir a trabajar según una encuesta realizada en 19 países occidentales. Pero nuestro modelo productivo sigue sin cambiar, nuestra inversión en I+D ha sido cada vez menor y nuestra política económica solo está centrada en el Ibex 35. Al contrario que España, Irlanda, un país tradicionalmente exportador de talento como nosotros, desarrolló el ‘Make It in Ireland’, una agresiva y controvertida política de atracción de talento tecnológico iniciada en 2013 que ha sido capaz de alcanzar un equilibrio entre exportación e importación de talento, lo que ha hecho de Irlanda el mayor exportador de software después de USA.

Estamos aún muy lejos de las mentalidades, capacidades y estructuras legales que favorecen la atracción de talento. Aquí nos seguiremos basando en intentar atraer el talento nacional que circunstancialmente decida regresar, mientras que continuaremos exportando un número muy superior de talentos altamente formados, lo que contribuirá a mantener el desarrollo de las sociedades más abiertas e inteligentes y empobrecer la nuestra. Ojalá, antes de que la gerontocracia nos domine, podamos preocuparnos menos en subvencionar la emigración de los mejores y mucho más en atraerlos, vengan de donde vengan.

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