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LA LIEBRE

En la calle

 

ÁLVARO CABALLERO
09/09/2018

Se puede tejer una línea cronológica exacta del declive de León con los pespuntes que define cada una de las manifestaciones que han sacado a la sociedad de manera mayoritaria a la calle en los últimos 40 años. Por poner un hito, cabe comenzar con la tractorada de 1978 en la que el campo se levantó para alertar de la que se le venía encima, Europa mediante, con un despliegue de vehículos en las carreteras que ahora no sería posible aunque se rescataran todos los Barreiros que duermen arrumbados al abrigo de la tenada. El hilo tira hasta encontrar la cabecera de la marcha con la que el 4 de mayo de 1984 la provincia salió a una tras la pancarta de León Solo. Sin que en Madrid hicieran mucho caso, y así estamos, la puntada corrió hasta encontrar el 16 de mayo de 1991 a las 20.000 personas que, ante la llamada de los sindicatos, secundaron la huelga general para hacerse oír entre la marginación y el abandono de las instituciones que empezaban a marginarla en el desarrollo de las infraestructuras y la industria. La voz se escuchó nítida, pero sin fuerza una vez más, como se pudo comprobar cuando los leoneses nos hallamos de nuevo prietas las filas para escoltar la marcha negra de 1992, sin vislumbrar que habría que ver pasar la cuerda de condenados de la minería otras dos veces, en 2010 y 2017, sin más alternativas que los cuidados paliativos que han hecho que muera el carbón por inanición. La continuidad hace alto en la convocatoria que en febrero del año 2000 llamó a la ciudadanía al grito de «León se muere, necesita Antibióticos», donde la pérdida de empleo no terminó en el cierre pero arrastró una trayectoria que aun intenta recomponerse. Ordoño II adelante, la provincia fijó en abril de 2014 la fecha para defenderse de las burlas estatales de los retrasos de los proyectos del ferrocarril que la condenan al vagón de cola. Ahí, con la segunda peor tasa de actividad de España, la marca temporal alcanza ahora el destino de Vestas, que esta pasada semana reunió a 8.000 ciudadanos para reclamar que no se cierre la planta, mientras la Junta y el Gobierno se dan golpes de pecho muy dignos como si no tuvieran nada que ver en las normas con las que funciona el mercado, ni en la política energética errática, ni en la concesión de los 12,5 millones de subvenciones, ni en la apuesta por el desarrollo de unos territorios en detrimento de otros. Siempre es la misma historia: León se queda en la calle.