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Canta, baila y vive

 

AL TRASLUZ. EDUARDO AGUIRRE
24/01/2017

En estos días, mis amigos se dividen entre a quienes les ha gustado la película La la land y a los que no. Ganan los primeros por amplia mayoría. En los detractores hay un grupo que lo son porque no aceptan que puedas ponerte a cantar por Ordoño y, así de repente, te acompañe la orquesta de Xavier Cugat, sin ni siquiera haberla contratado antes. «Imposible, todavía los Quiñones», argumentan. Se les resiste la coherencia del género, pero para disfrutarlo hay que aceptar sus premisas. Tampoco con una de Drácula puedes hacerte preguntas del tipo «¿cuándo plancha la capa» o «por qué no le sienta mal la sangre que no es de su grupo?». Así no hay manera de espantarse. Lo mismo ocurre con los musicales. En cada número no puedes clamar «¿cuándo han ensayado, si acaban de conocerse?» o «¿dónde está el trombón si él está tocando un piano?» Morricone nunca ha pisado el Oeste. El musical permite, como la poesía, acercarte por otros caminos a la verdad. La la land es una indagación sobre las consecuencias de las decisiones profesionales sobre el amor. Sería magistral ya solo por la escena en la que una agente le pide a la protagonista que cuente una historia, y esta canta a la salud de los perdedores y los corazones rotos. O por su final bifronte. Nos gustan los musicales cuando sentimos que se está cantando y bailando para nosotros, como en este caso. Y conlleva asumir que lo imposible también es real. De crío fui a ver Mary Poppins con mi amigo Ramón, un cartesiano al que solo le faltaba el monóculo. Al preguntarle qué le había parecido me dijo: «Muy fantástica, pase lo del bolso sin fondo o lo del paraguas volador, pero la palabra supercalifragilisticoespialidoso no viene en el diccionario». Así no hay manera.

En estos días, todos cantamos «Apaga la luz del pasillo/que el kilovatio está a precio de solomillo». Nadie nos la ha enseñado. ¿Acaso somos sonámbulos y vamos a clases nocturnas en el Consevatorio? Tampoco. El blues de la factura, a la fuerza ahorca.

Mientras escribía la columna he canturreado esa de «Pobre chica, la que tiene que servir». Y los Coros de Nabuco de la Inspiración me respondían por lo bajo: «Te espero en el Eslava tomando café». Así tampoco hay manera.

   
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