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cuerpo a tierra

Capital altavoz de fogones

 

antonio manilla
10/10/2018

La capitalidad gastronómica a mí me parece una creación de carácter mecánico, algo así como el gato del coche comparado con el felino, que es muy útil para una sola cosa pero no vale para nada más ni nos da la ocasión de acariciar en él al tigre. Y también un poquito mesiánico, como concepto digo, porque más que una oportunidad de negocio para la hostelería y las agencias de publicidad (la mayor parte de los ingresos que se computan en su haber son retornos propagandísticos) parece que fuera el bálsamo de fierabrás para ciudades en vías de industrialización, que es el eufemismo o forma políticamente correcta de decir subindustrializadas. Recalco lo de mecánico porque lo contemplado hasta ahora es bastante monótono y casi decepcionante, más allá de la unión de tantos sectores como se aliaron en pos de su obtención. Aquel ir todos a una igual levantó demasiadas expectativas en una tierra donde un acuerdo de dos es una multitud. Dio, desde luego, credibilidad a la iniciativa, pero no sé si todos los que salieron entonces se pondrían ahora en la foto.

Banquetear por León es el mejor ejercicio que existe, no para quitar quilos, sino para perder cintura y ganar cinturón: un par de agujeros nuevos —el vacío, igual que la dieta, se hace quitando, la nada no pudo ser el principio de nada, aunque acaso llegue a ser el final de todo— que añadir con el troquel al cuero con que nos sujetamos los pantalones. Y esto no tiene que ver con la capitalidad de marras, porque afortunadamente ya ocurría mucho antes. No cometamos ni por un momento el anacronismo de atribuir nuestro éxito en la mesa al año que vivimos galardonados: se alcanzó antes y, después, es de suponer que continuará existiendo. La capitalidad no está teniendo ninguna participación activa en la excelencia de nuestra cocina. Su función sería ampliar la aureola alrededor de la cabeza, añadiendo literatura publicitaria a una realidad preexistente. Su único cometido, muy necesario, es dar aire al fuego, vocinglería y altavoz a nuestros fogones y materias primas.

En cuanto al temor de uno sobre que se nos apijotasen las tapas, en general no predominan los excesos: han llegado nuevos sabores y texturas a las barras, pero sin que la abundancia sea reemplazada por la fineza. Que el «Gastrophitecus legionense», más que omnívoro, sea omnivoraz, es un detalle que ahora no viene al caso.

   
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