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Cena al leonés

 

javier tomé
07/01/2018

Puesto que decir es gratis, la tregua del turrón, la lotería y el espumillón dictada por la Navidad, ese tiempo de paz, vida hogareña, fiesta y espíritu caritativo, está sembrada de cuchipandas, cotillones y cenas varias. Lo que manda el tópico, vamos. Y entre semejante semillero de tradiciones quiero destacar, un año más, el ágape que reúne a los veteranos del Colegio León pertenecientes a la generación nacida en torno a 1956, empeñados en perpetuar una rutina convertida en el cemento que nos une. En cualquier organización que se precie siempre hay una persona que sabe de qué va la cosa. En este caso se trata de Luis Chamorro, un hombre todo corazón de quien se dice que lloró al ver Titanic y que, desde luego, berrea a chorro cada vez que el Real Madrid gana la Champion. No quiero desvelar demasiados asuntos de familia, pero sí que debo manifestar mi asombro ante la compleja grandiosidad de la maquinaria humana, volcada en este caso en triscar y despachar todo un repertorio gastronómico pleno de olores, colores y sabores, caprichos bendecidos por un toque de proximidad.

A riesgo de padecer una sobredosis se dio buena cuenta del convite, acompañado por ataques de locuacidad desbordante relativos a un pasado que siempre es fuente inagotable de recuerdos. Y así, masticando a dos carrillos como si no hubiera un mañana, resucitaron los viejos días de vino y de rosas, sembrados de anécdotas como las referidas a aquellos chándals de color negro, con raya amarilla lateral y el nombre de Colegio Leonés grabado a oro y fuego en la espalda. Una prenda mítica que, después de las clases de gimnasia, desprendía un ‘olor a tigre’ capaz de embotar la inteligencia e incluso, para ciertas patologías, despertar sensualidades. Se habló de otras muchas cosas; desde la compraventa de corderos al caso de cierto prestigioso doctor que fue pillado en Madrid con dos hermosas señoritas, tentado sin duda por Belcebú para sumergirse en lo más crápula de la vida cortesana. En fin, charlas de hombres que en otro tiempo fueron niños, esos pedacitos de madera de Dios que dicen en Sudamérica.

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