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TRIBUNA

Y la Cepeda también existe...

 

Y la Cepeda también existe... -

Rogelio Blanco Martínez Ensayista
14/02/2018

Con fecha, junio del año 1932, los diputados por León Alfredo Nistal, Miguel Castaño, Justino Azcárate, Gordón Ordás, Gabriel Franco, Suárez Uriarte y Ortega y Gasset, pertenecientes a la coalición republicano-socialista, elevaron una solicitud, acompañada del correspondiente informe, al Consejo de Ministros. Daban cuenta de la gravedad de la situación económico-social y de la urgente intervención en tres comarcas leonesas: La Cabrera, los Ancares y la Cepeda. El informe aportaba datos alarmantes en tres áreas: carencia de vías de comunicación, precariedad, y en algunos casos nulidad, en los servicios sanitarios y educativos. Las tres comarcas abarcan un extenso territorio, —más de 2.000 kilómetros cuadrados—, con decenas de aldeas razonablemente habitadas dentro del contexto de pobreza rural de la época. De igual modo también se daba cuenta que por tales zonas deambulaban manadas de «dos tipos de lobos»: las alimañas que atacaban a los imprescindibles rebaños y los «lobos» especuladores, prestamistas o cobradores de impuestos que, sin escrúpulos, apremiaban a los empobrecidos labradores.

Durante la II República a La Cabrera acudieron comisiones, incluso las afamadas Misiones Pedagógicas, que dieron cuenta de la grave situación de esta zona. La comarca de Los Ancares también ha sido merecedora de atención y en la década de los 80 recibió ayudas e inversiones justificadas a través de un programa especial. Ambas comarcas, pues, han sido merecedoras de miradas y han pasado «al imaginario de la necesidad». Existen. Tales consideraciones y atenciones no se han manifestado con la Cepeda. Ciertamente en esta comarca hay una clara diferencia entre La Cepeda Baja, con más recursos y tierras de regadío, y la Alta, árida y secularmente pobre y menos favorecida por la bondad de la bondad de la divina naturaleza; mas la tacañería de ésta ha sido compensadas por el sacrificio de sus gentes.

La Cepeda Alta la integran los municipios de Villagatón y Quintana del Castillo (26 aldeas). Dentro de la desigualdad comarcal y retomando el informe de 1932 bien se pudiera decir que aquellas demandas perviven. Y la consecuencia: grave despoblación. La atención sanitaria, dentro de sus limitaciones, y los servicios escolares, mediantes las agrupaciones fuera de los municipios, se hallan cubiertos. La gravedad persiste en las vías de comunicación, lo que conlleva dificultades para los básicos servicios anteriormente citados y a otros no menos relevantes y necesarios para el posible desarrollo de la comarca.

Cualquier recorrido por la Cepeda Alta es dificultoso por carreteras estrechas y mal asfaltadas, con abundantes curvas e invasiva vegetación, tránsito serpenteante por las calles de las poblaciones, firme irregular y débil, etc. Las distancias entre la pedanías a León ciudad son escasas, —50 kilómetros de media—, pero dilatadas en el tiempo y en periodo invernal arriesgadas. Tales deficiencias suponen inseguridades para una población residente muy envejecida, ahuyenta la fijación de la joven que en su mayor parte trabaja en los próximos centros productivos y disuade posibles inversiones.

A principios del siglo XX se proyectó la carretera Astorga-Pandorado. Una promesa que se cumplió a principios del XXI. También existió un proyecto de ferrocarril, pero fuerzas caciquiles astorganas intervinieron para el conveniente desvío. Dejando el pasado, que sirve de ejemplo, recientemente, y con fondos del Plan Miner, se ejecutaron ocho kilómetros de la necesaria y proyectada carretera Brañuelas-Carrizo de la Ribera. Es urgente y vital este enlace con la A-6 que quedó anclado en Quintana del Castillo hace años. Faltan 20 kilómetros, desde Quintana a Carrizo, que darían salidas fáciles a los servicios sanitarios y escolares de toda la Cepeda Alta, un espacio con frecuencia olvidado donde las campanas repican más por entierros que por bautizos. Un espacio en el que cada vez crece más la maleza y lo ocupan los jabalíes. No es preciso resaltar que con los actuales recursos tecnológicos y tratándose de una orografía de escasas dificultades se mantengan estas carencias viales. ¿También en este caso, y una vez más, los cepedanos deben esperar otro siglo? Tampoco es necesario insistir en el impacto sicológico de seguridad que se otorga a una población mayor y también para la joven, a fin de que atisbe posibilidades de asentamiento estable, dado el lugar que ocupa la comarca, o para posibles inversiones. No se puede obviar que la Cepeda ocupa el centro, el corazón, de la provincia. Limita y conecta con comarcas leonesas más vigorosas: El Bierzo, la Maragatería, el Órbigo y la Alta Montaña. ¿Acaso, y con otras infraestructuras, el latido de este corazón, dada su ubicación, no hubiera sido un gran propulsor económico que hubiera favorecido a todas? ¿Qué razones seculares han existido para que las diversas vías de comunicación relevantes de la provincia se hayan desviado y evitado a esta comarca? No se puede cuestionar que la salida natural a El Bierzo-Galicia o la conexión lógica de los núcleos poblacionales más relevantes de la provincia (Ponferrada y León) de modo natural debieran pasar por este territorio.

Por otra parte, y a pesar de las graves deficiencias señaladas, en los últimos años ha crecido cuantitativamente el tráfico por este espacio. Quienes descubren el atajo, camiones de gran tonelaje y vehículos de privados que acuden a los citados núcleos urbanos o los polígonos industriales próximos o por mor de otras necesidades, de manera continuada transitan por una vía muy deficiente, por lo que contribuyen a su mayor deterioro y a un alto riesgo de siniestralidad. Es urgente, pues y beneficioso para la zona invertir en esta vía de comunicación de gran utilidad para quienes la necesitan y de posibilidades para los moradores.

La Cepeda, y también la Alta, existe. Es paradigmático el silencio que sobre ella recae. Urge, al igual que se planteó en 1932, atender estas infraestructuras que tan directamente inciden en otras posibilidades y servicios fundamentales para evitar su definitivo fenecimiento. Los cepedanos son gentes de silencios, pero motivos tienen para que ya empiecen a ser sonoros, de igual modo tampoco son propensos a las alharacas, de ahí que cuando alzan su voz, la queja y la razón están motivadas. Nada justifica tanto olvido por parte de las instituciones administrativas competentes y menos teniendo en cuenta su centralidad topográfica.

Entre el abandono y el silencio las cepedanas y los cepedanos cada mañana, mientras el orvallo les frisa las canas y les crecen las arrugas, fruto de grandes esfuerzos y de generosidad, —pues no olvidemos que sus gentes han dado servicios desde pronta edad a las familias provinciales acomodadas y sus aguas han fertilizado tierras próximas a cambio de tacaña escasez—, aún les acompaña cierta esperanza, ya que también, «moridos» por su tierra, perseveran creyendo que «la Cepeda también puede seguir existiendo».

   
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