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FUEGO AMIGO

Chapas y judíos

 

ERNESTO ESCAPA
08/04/2017

Resulta paradójico que la mitad de las cofradías que desfilan en Semana Santa tenga su origen en las dos últimas décadas del siglo veinte. Hasta entonces, el flujo y reflujo procesional guardaba relación directa con momentos intensos o tenues en el teñido religioso de la vida pública. Ya se sabe la cadencia: el didactismo medieval; la conventualización barroca; la frialdad ilustrada; el contrapunto militante al movimiento obrero; el laicismo republicano; y los palios nacional católicos. Por eso no encaja que el brote pasional coincida con el periodo más alejado del fervorín. Pero este tirón tiene que ver con el impulso de tradiciones profanas, religiosas y medio pensionistas alentado por el Estado de las Autonomías.

El aliciente del turismo cultural propicia la enramada de ritos y ceremonias en torno a la Semana Santa. Sin ánimo de repasar en una tacada momentos álgidos y etapas de flojera, resulta incontestable que más del noventa por ciento de la panoplia pasional leonesa se empadrona en la segunda mitad del siglo veinte. Eso explica la proliferación de músicas militares y trotes cuarteleros en los desfiles. Porque ninguna tradición más allá del servilismo ampara esos tiroriros. ¿Y qué decir del colorido y los satenes que atavían a tantos cofrades? Frente al cuidado que en uno y otro campo ha observado la pasión de Zamora, el repertorio musical e indumentario de la nuestra ofrece momentos de auténtico esguince. El problema de nuestros pasos, salvadas las joyas de rigor, es su filiación fallera, que sin embargo prescinde de la debida vocación efímera.

Menos mal que nuestra Semana Grande no se reduce al imperio de los capillitas y ofrece otras costumbres y tradiciones de muy diverso jaez, que arropan durante estos días el lento bordoneo de los papones. Una de sus caras más chocante es la que componen las rondas de vino y limonada por las tabernas del Húmedo, acumulando libaciones que en otro tiempo ponían a tono a los cristianos de estos barrios viejos antes de bajar a Santa Ana a perseguir judíos. ‘Matar judíos’ es ahora la contraseña incruenta para justificar un trasiego excesivo en días santos. Costumbre que ha creado una gastronomía de barra, a base de bacalao al ajo arriero, huevos cocidos y escabeche de tino, diseñada para no violentar la abstinencia y dar asiento a la bebida. A estas peregrinaciones suceden los atardeceres de chapas, un juego domesticado por la ley y muy vinculado a la Semana Santa. Antes los barateros aportaban parte de sus ganancias para sufragar la actividad de las cofradías. Son nocturnos del azar que acogen su irreverencia al patronazgo indulgente del San Antonio de Cacabelos, que en su santuario de las Angustias juega a las cartas con el mismo Cristo.

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