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De cuando Aragón ponía picas en León

 

león en verso luis urdiales
08/08/2018

Como la historia se escribe por los vencedores, habrá que ver cuánto hay de cierto en la batida en retirada del chaval mayor de Urraca, cuando se encontró en la llanura del alto páramo leonés con el hierro de Alfonso I, testarudo y decidido a que Aragón pudiera verter agua al Atlántico, por las posesiones hasta entonces de su ex esposa. Igual, por eso mismo, porque la historia jamás será posible de idear en el tálamo de los derrotados, la batalla de Villadangos no se incluye entre el relato general del pasado que se embucha en los libros de texto que se dan a estudiar a los púberes con el objeto de desinformar absolutamente a las próximas generaciones sobre los acontecimientos relevantes; a falta de referencias mayores en el currículum escolar que se impone a los niños leoneses, este episodio bélico que ha dado en conmemorar la localidad que le da nombre como atractivo para lugareños y visitantes, tiene mucho más recorrido que una simple convocatoria a festejo medieval de los que florecen con ardor febril a lo largo de la geografía estival de esta tierra. Hay que ponerse en situación; en un escenario con la capa freática a flor de piel por las borrascas del otoño de 1111 (que ya llovió), con las monturas y guerreros atollados hasta los corvejones, y un infante que aspiraba a rey de León y defender el sueño y la vida con seis años de edad; como quien debutaba en el aula de parvulitos, pero entre tíos que segaban cabezas a base de mandobles. La medida de la fuerza en esa estepa a la que ahora se accede cómodo por autopista o por la N-120 fue desigual: doscientos caballeros por el flanco leonés y galaico; seiscientos, en la emboscada preparada por las tropas fieles al Batallador, que en el apodo llevaba a tarjeta de visita. Huyó el pequeño Alfonso, hasta la Castela orensana en la que se refugiaba su madre, Urraca, reina, a la que los maños despreciaban por avanzada para la época; de la cobertura que se le dió al rapaz regio viene parte del mito que Villadangos escenifica el próximo fin de semana. La fuga, más que por la moraleja de que soldado que huye sirve para otra batalla, pone en valor un tránsito dinástico de los Borgoña, sin el que no hubiera habido 1188, ni Cortes del pueblo; ni el declive sucesivo. Sin Alfonso Raimúndez; luego Alfonso VII, el Emperador.

   
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