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AL TRASLUZ

En la cueva del mundo

 

EDUARDO AGUIRRE
10/07/2018

Los cuentos de antaño comenzaban con había una vez… y terminaban con fueron felices y comieron perdices, pasara lo que pasara en el medio. A la hora de mandar esta columna desconozco el desenlace del rescate de los niños de la cueva tailandesa de Tham Luang. Ojalá el suceso haya concluido con el regreso de todos a casa. Es decir, con final clásico, el reencuentro con los seres queridos. Si es así, con el paso del tiempo su historia se hará inmortal, pero ya convertida en una de esas narraciones sin autor conocido, para contar mientras el Monzón golpea las puertas y las persianas, como aquí el lobo llamaba para que se le dejase entrar. En este proceso es inevitable que a lo sucedido se le vayan incorporando elementos fantásticos como, por ejemplo, que a uno de los niños le salvó un misterioso ser que habitaba en aquellas profundidades, o que dejaron atrás un tesoro. No importa, pues no alteraría la lección más valiosa de los hechos: no hay que perder nunca la esperanza, incluso cuando todo parece ya perdido. El mito, le explicó Tolkien a Lewis en un paseo nocturno por los parques de Oxford, es la verdad contada con imaginación, sin falsearla. A lo largo de los años el suceso irá impregnándose de lo irreal, hasta convertirse en uno de esas leyendas de autoría colectiva, cuya función será concienciar a los niños sobre la peligrosidad de las cuevas, pero también de la importancia de mantenerse unidos y serenos ante los peligros. Qué bella combinación de horror y valor encierra la historia. Las cuevas simbolizan los miedos ancestrales del ser humano, al igual que bosque misterioso o los truenos

En una caverna ubicó Platón su alegoría sobre la verdad y el espejismo. A veces, todos nos sentimos perdidos en nuestra propia gruta, hasta que —de nuevo— el amor nos salva de morir de hipotermia en nuestros adentros más oscuros.

Un suceso dramático nos recuerda que Tailandia no es un país lejano, pues aquí y allá sólo son distancias relativas. Existe una fraternidad universal que nos hermana a los seres humanos, reductora de distancias. En efecto, todos necesitamos ser salvados de nuestra propia cueva inhóspita, que alguien ilumine su oscuridad. Y que haga que nuestro cuento termine bien.






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